domingo, 24 de julio de 2016

Fundamentos y Principios del Sindicalismo Clasista

 
Jorge del Prado

 
Fundamentos y principios del sindicalismo clasista

 
 
 
Redactado: Por Jorge Del Prado como parte de un cursillo sobre organización sindical en 1963.
Fuente para la presente edición: "Segunda Leccion: Fundamentos y principios del sindicalismo clasista," en Jorge Del Prado, Manual de sindicalismo, organización y lucha sindical; Compendio teórico y práctico en diez lecciones y cuatro cuadros explicativos, 2da. edicion (Lima, 1964).
Esta edición: Marxists Internet Archive, setiembre de 2014.  Digitalizado por Juan R. Fajardo.  Se han omitido el sumario inicial y las "preguntas de control" que aparecían al final del texto.
 
 
 
 
1.

A QUE NECESIDADES RESPONDE LA ORGANIZACION SINDICAL

 
De lo dicho se desprende que ninguna de las corrientes y formas de organización que hemos analizado corresponde a los intereses de la clase obrera. Algunas de estas corrientes limitan muy estrechamente el campo de la lucha; otras la desvían del camino que debe seguir, y otras imposibilitan la acción de los trabajadores colocándolos completamente a merced de la explotación capitalista. Aunque todas estas corrientes o la mayor parte de ellas operan dentro del movimiento sindical y toman el nombre de "sindicalismo'', no constituyen en realidad, un auténtico sindicalismo de la clase obrera.
Necesitamos, pues, precisar en qué consiste el Sindicalismo Clasista del proletariado para seguir una orientación justa, aplicar formas de organización, métodos y tácticas de lucha eficaces.
¿Qué es el Sindicalismo proletario? Para responder a esta pregunta, debemos tener presente a qué necesidad histórica responde el nacimiento de la organización sindical y el desarrollo del sindicalismo. Como ya lo hemos anotado en la introducción y en la lección anterior, el Sindicato no es una organización cualquiera de la clase obrera, sino una organización de lucha. No nació pues, en cualquier momento, sino cuando el proletariado comprendió tres cosas: 1ro) Que necesita luchar contra la explotación capitalista; 2do) Que esta lucha no podía realizarla ningún obrero solo, sino uniéndose y organizándose con sus compañeros de trabajo; y, 3ro) Que ya no servían las antiguas formas de organización y de lucha, correspondientes al artesanado; y que había que encontrar nuevas formas, propias de la clase obrera. Tratando de resolver esta necesidad, fueron formándose en diversos países capitalistas, casi simultáneamente, los primeros sindicatos.
 
2.

LOS CUATRO PRINCIPIOS EN QUE SE BASA EL SINDICALISMO CLASISTA

Resumiendo lo anterior cabe repetir que los sindicatos, por su origen y funciones, son fundamentalmente "instrumentos de la lucha organizada de los trabajadores por sus reivindicaciones inmediatas". Eso no quiere decir que la lucha sindical deba desarrollarse solo en el piano económico. Hemos explicado también que, en el curso de esta lucha los patrones se enfrentan a la clase obrera con una intensa campaña ideológica y con toda clase de instrumentos políticos
De estas circunstancias o premisas surge la necesidad de que la lucha sindical se afirme y oriente en cuatro principios esenciales. Estos principios son:
1º Lucha consecuente por los intereses de la clase obrera;
2º Unidad sindical;
3º Democracia interna en la estructuración y funcionamiento de los sindicatos;
4º Independencia política de clase.
Veremos en seguida en qué consisten y por qué son imprescindibles estos cuatro principios.
 
3.

LUCHA CONSECUENTE POR LOS INTERESES DE LA CLASE OBRERA

Si el sindicato es, como hemos visto, una organización de lucha reivindicativa, no hace falta casi, explicar el carácter mismo de la organización sindical y del sindicalismo clasista. Se trata, en esencia de un movimiento combativo destinado solo a servir a los trabajadores. Pero en la práctica, se corre muchas veces el peligro de olvidar esta misión del movimiento sindical, debido precisamente a las influencias y corrientes extrañas que alientan los patrones en el seno de los sindicatos.
En efecto, los capitalistas hacen en un principio, todo lo posible por impedir que los trabajadores de sus fabricas y empresas se organicen sindicalmente, pero luego, cuando el sindicato surge a pesar de ellos, concentran sus esfuerzos en desviar o neutralizar su acción, procurando intimidar, corromper o ablandar a los dirigentes. Es así como ocurre con frecuencia que un sindicato forjado en plena lucha reivindicativa, al cabo de un tiempo comience a ser conducido al terreno de las componendas o, simplemente, empieza a decaer en su actividad combativa y a convertirse en una especie de club social, ajeno a los problemas del trabajo y renuente a la defensa de las reivindicaciones. Y lo que pasa con un sindicato, acontece también con los organismos superiores, incluso con la organización nacional (en nuestro caso, la C.T.P.[1]). Todo lo cual se debe fundamentalmente a que los dirigentes abandonan por uno u otro motivo inconfesable, los intereses del proletariado.
Esta posibilidad exige que se considere como un principio fundamental del sindicalismo clasista, la lucha consecuente por los intereses del proletariado. Quiere decir que, al organizar un sindicato debe consignarse este principio en la Declaración de sus fines y propósitos. Quiere decir, además que los afiliados al sindicato solo deben elegir para los puestos dirigentes a quienes hayan demostrado en los hechos que su principal preocupación son los intereses colectivos y que, por lo tanto, son obreros capaces de mantenerse firmes frente a las amenazas y frente a todo intento de comprar sus conciencias y de matar su espíritu de lucha.
 
4.

LA UNIDAD SINDICAL, Y COMO DEBE SER ASEGURADA

La fuerza de un sindicato y su capacidad para mantenerse en la lucha y resistir y vencer la presión de los patrones depende, sin embargo, no solo de la firmeza y consecuencia de sus dirigentes, sino, también de las bases que lo sostienen. Mientras más amplia sea esa base, mientras más trabajadores de la misma fábrica o la misma empresa formen parte del sindicato y participen activamente en sus reuniones, más poderosa será la organización y más probabilidades de éxito tendrá en sus luchas.
Cabe entonces formular la siguiente pregunta: ¿Quienes deben ser miembros del Sindicato? Todos los trabajadores de la fábrica, o de la industria, según sea el tipo de sindicato (Sindicato de fabrica, Sindicato de empresa o Sindicato de industria). Cuando decimos: todos, nos referimos a que ningún trabajador debe estar excluido del derecho a pertenecer al sindicato, nos referimos a que es necesario procurar que sean miembros de él todos o la mayoría de los trabajadores de la respectiva fábrica, industria, etc. Es decir, que no cabe ninguna discriminación en el seno de la organización sindical, con tal de que sus miembros estén de acuerdo con los propósitos y los Estatutos.
Tal amplitud orgánica del Sindicato se debe a su origen mismo, a las circunstancias que crean la necesidad de este tipo de organización (origen y circunstancias que hemos explicado anteriormente[2]). Hemos visto ya que los trabajadores se sienten precisados a enfrentarse unidos y organizados a la explotación capitalista, alli donde ella se realiza en forma directa. Pero, la explotación capitalista afecta en la misma forma, con los mismos métodos, a todos los obreros de una misma fábrica, empresa o industria, sin hacer distingos de ninguna especie. Igualmente asalariados, sufriendo el mismo sistema de trabajo, los mismos horarios, los mismos abusos, etc., se encuentran los obreros apristas[3], comunistas, democratacristianos, etc., viejos y jóvenes, mujeres y varones, católicos y protestantes; indígenas, mestizos y blancos; peruanos y extranjeros; limeños y serranos, etc. Es claro que el capataz, el jefe de sección o el maestro de máquina no reciben el mismo salario que el operario y el aprendiz o ayudante; también sucede que los capitalistas pagan un sobre-salario, en calidad de soborno, a algunos dirigentes amarillos o a los soplones. Pero, estos son casos excepcionales, que no modifican el régimen de explotación del trabajo asalariado ni la condición de clase explotada en que se encuentran bajo este régimen los trabajadores en general.
Y, si todos son explotados en la misma forma, todos deben unirse también para luchar con el mismo enemigo de clase, por las mismas reivindicaciones inmediatas.
De lo dicho, se desprende pues, que en el sindicato y en el movimiento sindical debe imperar, antes que todo, la unidad de clase. Es decir, una unidad que solo tenga en cuenta la condición de clase proletaria, de miembros de esa misma clase. Mariátegui decía con toda razón: "El sindicato no debe exigir de sus afiliados sino la aceptación del principio clasista. Dentro del sindicato caben así los socialistas reformistas como los sindicalistas, así los comunistas como los libertarios. El sindicato constituye, fundamental y exclusivamente, un órgano de clase". Y lo que decía Mariátegui, es válido en todas las épocas.
En los sindicatos actuales deben estar unidos apristas, socialistas, democratacristianos, acciopopulistas[4], apristas rebeldes[5], comunistas, etc., con la sola condición de que sean obreros (o empleados) y tengan en frente a los mismos patrones. Deben estar también, trabajadores hombres y mujeres de todas las edades, razas, nacionalidades, creencias, etc. No caben por lo tanto sindicatos, federaciones o confederaciones, afiliados a un determinado partido político o a una determinada corriente religiosa. Y no caben tampoco sindicatos, federaciones o confederaciones donde los obreros de determinada filiación política tengan mayores derechos que los otros, o donde los puestos directivos sean detentados por dirigentes de un sólo partido contra la voluntad de la mayoría. Para que el movimiento sindical cumpla cabalmente con sus fines, debe hacerse prevalecer en todo instante el principio de la UNIDAD SINDICAL.
 
5.

LA DEMOCRACIA SINDICAL Y LOS PRECEPTOS EN QUE SE BASA

Los dos principios anteriores quedarían en letra muerta si no agregamos a ellos el principio de la DEMOCRACIA SINDICAL, o sea la democracia interna en los sindicatos. Para que el sindicato agrupe a todos los trabajadores de una misma fábrica, empresa o industria, sin hacer distingos ni discriminaciones, todos los afiliados al sindicato deben tener iguales derechos y deberes. Al mismo tiempo, para asegurar una completa unidad entre sus integrantes, hay que reconocer a todos ellos las mismas facultades y las mismas posibilidades de defender sus reivindicaciones, de exponer libremente sus puntos de vista, de proponer y votar por sus propios candidatos para los puestos directivos. En una palabra, es precise que cada uno y todos los miembros del sindicato se identifiquen dentro de él, considerándolo como su propio instrumento de lucha.
Estos son los fundamentos teóricos en que se basa la democracia sindical. El respeto de estos fundamentos constituye la mejor garantía para la lucha consecuente por los intereses de los trabajadores y para asegurar la unidad sindical. Pero, la realización práctica de este principio requiere la aplicación de las siguientes normas: a) Todos los miembros del sindicato tienen los mismos derechos a ELEGIR Y SER ELEGIDOS para cualquier cargo o comisión; b) Todos tienen derecho a voz y voto en las asambleas generales y en las reuniones de los organismos a que pertenezcan; c) Las obligaciones y derechos contemplados en los Estatutos son igualmente aplicables y obligatorios para todos los miembros del sindicato sea cual fuese el cargo que ocupen; d) Todos deben reconocer a la Asamblea General del Sindicato como la máxima autoridad, cuyos acuerdos tienen que ser aceptados, respetados y cumplidos por todos; e) En las asambleas y reuniones de cada organismo, los problemas deben ser discutidos democráticamente, y la minoría debe acatar estrictamente la decisión de la mayoría; f) La elección de los órganos dirigentes en cada instancia debe realizarse también por mayoría de votos, lo cual obliga a acatar después su autoridad; g) Los dirigentes así elegidos tienen la obligación de rendir cuenta de sus funciones, periódicamente, al organismo que los eligió; y, h) Cualquier dirigente puede ser relevado de su puesto por mayoría de votos del organismo que lo eligió.
Este conjunto de condiciones de la democracia interna, es aplicable tanto a los sindicatos de base como a las federaciones, uniones departamentales y confederaciones. Sobre esta base se asegura la estructuración democrático-centralista del movimiento sindical, cuyo contenido explicaremos en otras lecciones.
 
6.

EN QUE CONSISTE LA INDEPENDENCIA POLITICA DE CLASE

El hecho de que la unidad sindical y la democracia interna destierren toda clase de discriminación política en el seno de la organización sindical, no quiere decir que los sindicatos deban preocuparse solo de las reivindicaciones económicas o de los problemas puramente gremiales o inmediatos. Eso sería caer en el economismo, tendencia cuya nocividad ya hemos explicado. La vida demuestra prácticamente que tal actitud es imposible, a pesar de los esfuerzos de los agentes patronales, interesados siempre en reducir la actividad sindical a su mínima expresión.
Para que los proletarios puedan alcanzar cualquier aumento de salario, casi nunca es suficiente la reclamación que hacen los patronos. Estos, generalmente, rechazan tales demandas apoyados en alguna ley y en la llamada "libre contratación". Se apoyan también casi siempre en los órganos administrativos del Estado: las Inspectorías de Trabajo, Dirección de Trabajo, El Ministerio de Trabajo, etc. Y, cuando los trabajadores insisten en sus demandas a pesar de las resoluciones propatronales de estos organismos, entonces el Estado —que representa políticamente, en nuestro caso, los intereses de los explotadores— responde violentamente, empleando sus instrumentos de fuerza armada. La intervención del aparato estatal en contra de los intereses de los trabajadores hace, pues, que las reivindicaciones más importantes lleven la lucha económica a un plano político. Los aumentos de salaries, así como la reducción de los horarios de trabajo, los seguros sociales, las leyes de protección laboral, etc., se han obtenido y se obtienen siempre mediante acciones dirigidas no sólo contra la resistencia de los patronos sino también contra la parcialidad y los abusos frecuentes del poder político.
A lo que acabamos de decir, se agrega la circunstancia inevitable de que en cada sindicato hay obreros afiliados a distintos partidos políticos, cada uno de los cuales pretende orientar las cosas por el camino trazado por su respectivo partido.
El apoliticismo total resulta, por lo tanto, imposible en la vida sindical. El Sindicato no puede prescindir totalmente de la lucha política ni tampoco puede prohibir que sus afiliados pertenezcan a tal o cual partido. No puede prohibir siquiera que algunos de estos afiliados sean incluso gobiernistas, porque no puede impedir que unos obreros tengan conciencia de clase menos desarrollada que otros.
Pero, la acción política que el sindicato se ve obligado a realizar en defensa de los intereses de los trabajadores, no puede confundirse ni identificarse con la actividad partidaria. La politica sindical no es ni puede ser la politica de un determinado partido político. Debe ser una política de clase, es decir solo para defender los intereses de la clase obrera y de las masas explotadas. Esta política puede coincidir circunstancialmente con la posición de algún partido, en particular con el partido de la clase obrera; pero, no debe ser política partidaria ni subordinada a un determinado partido, porque entonces peligra la aplicación de los otros principios fundamentales del sindicalismo clasista. En efecto, si el sindicato o el movimiento sindical se subordina a la disciplina y a las consignas de un partido político cualquiera, es muy difícil que realice una lucha consecuente por los intereses de la clase obrera, ya que se da la posibilidad de que este partido sea un partido de la burguesía, de la pequeña burguesía vacilante, e incluso de la mas oscura reacción. Tampoco podría asegurarse la unidad sindical y la democracia interna, porque los obreros ajenos a ese .partido (independientes o de otros partidos), no querrían someterse a esa voluntad extraña ni podrían considerar a tal sindicato como un instrumento propio; tampoco podrían ejercer libremente sus derechos ni estarían dispuestos a cumplir con sus deberes en servicio de un partido que no es el suyo. Esto que decimos se refiere igualmente a la política gubernamental. Si el movimiento sindical se convirtiese en instrumento del gobierno de los explotadores, su acción devendría en contraria a los intereses de los trabajadores, determinando que estos se alejasen del sindicato haciendo inaplicable la democracia sindical.
La experiencia de todos los países y muy especialmente nuestra propia experiencia, confirman a cada paso lo que acabamos de explicar. Cada vez que los gobiernos dictatoriales han pretendido imponer su voluntad sobre el movimiento sindical, este ha resistido heroicamente a tal presión. Y, cuando no ha podido resistir con éxito, se ha dividido y debilitado. Del mismo modo, cada vez que ha sucedido lo que sucede ahora con la C.T.P., o sea el predominio de una política partidaria, exclusivista, y al servicio de los enemigos de la clase obrera, tal política solo ha podido imponerse a costa de la renuncia a la lucha por los intereses del proletariado, haciendo peligrar la unidad sindical y abandonando totalmente la democracia interna.
En resumen, la política del movimiento sindical solo puede ser una POLITICA INDEPENDIENTE DE CLASE, es decir, una política no partidaria ni gubernamental, que responda exclusivamente a los intereses de clase del proletariado. Esto se aplica, por supuesto, a los países donde impera la explotación del hombre por el hombre.
 
7.

CONCLUSIONES

Los cuatro principios del sindicalismo clasista, que hemos enumerado y explicado, surgen del contenido esencial de la misma lucha de la clase obrera. Los cuatro son inseparables y sin ellos no sería posible garantizar que el sindicato cumpla eficazmente con la función que dio lugar a su nacimiento y que está llamado a desempeñar en todo instante. En nuestro país se hace más necesario que nunca, luchar porque se apliquen estos principios, ya que el proletariado peruano es objeto da una intensa ofensiva de las clases explotadoras y del imperialismo norteamericano dirigida principalmente contra su unidad y contra sus derechos sociales y constitucionales. Los enemigos del proletariado peruano yen que esta clase crece día a día y adquiere rápidamente una clara conciencia de su rol histórico. No pudiendo impedir este proceso, tratan de detenerlo o desviarlo, utilizando para ello a elementos traidores encargados de dividir sus filas y de desmoralizarlas hasta lograr su derrota. Contra tales factores negativos sólo cabe responder aplicando estrictamente estos cuatro principios.
 
 
______________________

 

jueves, 21 de julio de 2016

Movimiento Obrero y Lucha de Clases


La lucha de clases

Las clases sociales para el marxismo están definidas por las relaciones de producción, es decir, por la forma en que los hombres producen mercancías. En el seno de las relaciones de producción, el papel que ocupa cada individuo está determinado por la división del trabajo, es decir, aquellos que desarrollan una misma actividad -y por tanto están sometidos a unas idénticas condiciones- conforman una clase social. Las clases sociales vienen determinadas por el lugar que ocupan en el proceso de producción de la riqueza. Unos la producen y otros se apropian de una porción de la misma. De esa relación no cabe esperar sino el antagonismo y la hostilidad entre explotados y explotadores.  

A lo largo de la historia siempre ha habido clases enfrentadas. En las sociedades esclavistas (Grecia y Roma en la Antigüedad) fueron antagónicos los propietarios libres y los esclavos; en el seno de la sociedad feudal estamental el enfrentamiento se estableció entre nobles y eclesiásticos por un lado y siervos por otro.

En el seno de la sociedad capitalista ocurre igual: la lucha de clases es protagonizada por la burguesía, propietaria de los medios de producción (capital, fábricas, máquinas, transportes, etc.) y por el proletariado que, al disponer únicamente de su fuerza de trabajo, se ve obligado a venderla a cambio de un salario que escasamente sirve para satisfacer la supervivencia.

Los intereses de ambas clases son antagónicos e incompatibles y conducirán indefectiblemente al enfrentamiento. A medida que el capitalismo vaya desarrollándose el número de obreros se incrementará, lo que unido al deterioro de sus condiciones de vida, conducirá a la revolución.

La revolución tendrá como objetivo conseguir una sociedad perfecta donde no existan ni explotadores ni explotados. Para ello será imprescindible la abolición de la propiedad privada, es decir, la socialización los medios de producción, evitando la mera sustitución de los antiguos propietarios por otros nuevos

La dictadura del proletariado

Una vez que la clase obrera haya tomado conciencia de la explotación y opresión sufre, se organizará en torno a partidos de carácter revolucionario, siendo dirigida por una vanguardia especialmente capacitada y activa, empeñada en planificar la destrucción del sistema capitalista.

Esa acción no debe circunscribirse a un solo país ya que, siendo las condiciones y los intereses de la clase trabajadora idénticos en todo el mundo capitalista, ha de tener un carácter internacional.

A través de la acción revolucionaria los obreros han de derribar el gobierno burgués y sustituirlo por uno de carácter obrero. Ello puede requerir el uso de la violencia, pues los trabajadores se encontrarán con la fuerte oposición de la clase dominante.

Una vez conseguido el control del Estado será necesario salvaguardar las conquistas realizadas mediante el ejercicio de una dictadura de los trabajadores, constituyendo éste el primer paso hacia la consecución de una sociedad comunista sin clases. 

El nuevo Estado que surge de la revolución habrá de suprimir la propiedad privada de los medios de producción (elemento primordial en la explotación de la clase obrera) y sustituirla por la propiedad colectiva de los mismos.

La tesis de la dictadura del proletariado ha sido una de las más controvertidas del marxismo, ya que implica la conquista de una de las claves de la superestructura social: el Estado. El modo de conseguirlo ha sido criticado por algunos autores posteriores a Marx, tildados por los marxistas clásicos de revisionistas.

La sociedad sin clases

Una vez consolidado el nuevo Estado, el peso de éste tenderá a disminuir hasta desaparecer, pues al haber desaparecido las amenazas que pesaban sobre él, el aparato coercitivo dejará de tener sentido y cada individuo trabajará voluntariamente en beneficio de la comunidad.

Las relaciones de producción se habrán transformado y los medios de producción no estarán concentrados en manos de una minoría, sino que serán colectivos. Por lo tanto, ya no habrá ni opresores ni oprimidos, tan sólo una clase social, la trabajadora. En su seno regirá la solidaridad y la armonía entre hombre y trabajo, éste ya no será fuente de sufrimiento y alienación. Se disiparán asimismo las diferencias entre agro y ciudad, entre trabajo manual e intelectual. En suma, se habrá alcanzado  la sociedad comunista

domingo, 17 de julio de 2016

¿Guerra civil, o guerra de clases?

▼Publicado en el blog del viejo topo
domingo, 17 de julio de 2016
¿Guerra civil o guerra de clases? Tres acentos en el 80º aniversario del golpe de estado del 18 de julio de 1936.

El 18 de julio se cumplen 80 años del golpe de estado fascista contra el gobierno constitucional de la II República. Provocó una guerra que duró tres años. Bueno es que recordemos brevemente, a modo de "acentos", algunos hechos que tienden a ser olvidados.

Primer acento. Fue una guerra de clases, Capital contra Trabajo.

Aunque la etiqueta más extendida para referirse a este episodio bélico es la de "guerra civil", en realidad tal etiqueta no expresa la naturaleza del hecho histórico y distorsiona lo que ocurrió, por dos razones:
1ª. Porque tiende a ensombrecer el hecho central que jamás debemos olvidar: fue un enfrentamiento entre quienes defendían la legalidad constitucional y las fuerzas golpistas que, bajo el estandarte del fascismo, se alzaron en armas contra dicha legalidad.
2ª. Porque oculta la naturaleza de clase que tuvo el conflicto. La mayor parte de la oligarquía económica española -el capital-, políticamente representada por la derecha golpista, adoptó el fascismo para defender sus intereses de clase, en reacción a la victoria electoral del Frente Popular, que aglutinaba a las fuerzas políticas defensoras de los intereses de clase de los trabajadores. Lo que llamamos guerra civil, fue una guerra de clases, una expresión bélica de la lucha de clases. Esta lectura en términos de clase, ha sido sistemáticamente tapada o, al menos, disimulada o difuminada en muchas de las interpretaciones históricas llevadas a cabo.
Así pues, aunque técnicamente sea difícil rebatir el término "guerra civil", jamás debemos olvidar la dos dimensiones mencionadas: fue una guerra de clases, del capital frente al trabajo, y entre quienes apostaron por el fascismo frente a los que defendían la democracia. El 18 de julio de 1936, la oligarquía capitalista activó ese plan B al que recurre cuando se ve amenazada: el fascismo.

Segundo acento. La traición de las democracias burguesas.

El papel de las democracias burguesas en relación con el triunfo de los fascismos en Europa, a menudo ha sido cubierto por un tupido velo para esconder las miserias y canalladas históricas de tales democracias. Por ejemplo, la propagando anticomunista se pasa la vida hablando del pacto de no agresión entre la URSS y Alemania, provocado por la necesidad que tenía la URSS de ganar tiempo ante lo que era irremediable (la expansión nazi hacia el Este y la guerra con Alemania) y la inhibición de RU y Francia ante el expansionismo nazi. Esa misma propaganda olvida un pacto previo que condicionaría la reacción soviética posterior: cuando ingleses y franceses decidieron dar la espalda a Checoslovaquia y dejarla en manos de los nazis. En efecto, el 30 de septiembre de 1938, el Primer Ministro británico Neville Chamberlain y el Primer Ministro francés Édouard Daladier, se reunieron con Hitler y con Mussolini en Munich, para abordar las pretensiones nazis en Checoslovaquia. RU y Francia accedieron a la anexión alemana de la región de los Sudetes, que sería el prólogo de la anexión de toda Checoslovaquia. Para el "demócrata" Chamberlain, no merecía la pena defender Checoslovaquia porque era preferible un acuerdo con Hitler, a quien el inglés consideraba "un hombre de honor" que mantendría la paz. La Alemania nazi ocuparía Checoslovaquia entera apenas unos meses después -marzo de 1939-

Pero antes de que estos hechos tuviesen lugar, las democracias burguesas europeas, básicamente Reino Unido y Francia, fueron protagonistas de otro episodio canallesco: su inhibición ante el fascismo español al abandonar a su suerte a la democracia española. Las democracias occidentales abandonaron y negaron su apoyo a la II República, dejándola en las garras del fascismo, mientras la Alemania nazi de Hitler y la Italia fascista de Musssolini intervenían militarmente en España a favor de Franco. 

La justificación de las democracias burguesas para no intervenir en defensa de la República, fue la "neutralidad". En la lucha de la democracia frente al fascismo, RU, Francia y EE.UU. optaron por una repugnante no injerencia. Por otra parte, se produjo un agravante que venía a mostrar además la hipocresía de tal "neutralidad". Por un lado, Estados Unidos ayudó a Franco, prohibiendo la venta de armas a la República y permitiendo la venta de gasolina y la concesión de créditos a los golpistas. Por otro lado, Gran Bretaña también apoyó a Franco con la venta de materiales a los sublevados, permitiendo la conspiración previa al 18 de Julio de 1936 en su territorio, y presionando para que Francia fuese neutral.

Los dos únicos países del mundo que ayudaron a la causa republicana, fueron la Unión Soviética y México.

Tercer acento: el apoyo de la Iglesia al Fascismo.

El Vaticano ya había llegado a pactos con el Fascismo en Italia, con los Pactos de Letrán, expresión de la simbiosis que se produjo entre el régimen fascista italiano y la Iglesia católica (entre otras cosas, el catolicismo se convertía en religión oficial, la Iglesia daba legitimidad a la dictadura y los obispos debían jurar lealtad al Estado fascista antes de tomar el cargo). En España no fue diferente.

El Vaticano y la Iglesia española apoyaron la insurrección fascista, calificada como "Cruzada" en nombre de Dios. El 28 de noviembre de 1937 la Iglesia reconocía oficialmente al gobierno de Franco. La sublevación contra la legalidad republicana adquirió ese carácter de cruzada, de guerra santa contra los "enemigos de la fe" cristiana (es decir, anarquistas, comunistas, socialistas, liberales...). Franco se convertía, gracias a este apoyo, en "Caudillo de España por la gracia de Dios".

Durante la guerra, en las zonas que iban siendo ocupadas por los fascistas, y tras acabar la guerra, la Iglesia desempeñó además un papel importante en la represión. Fueron muchos los curas que colaboraron con los falangistas y militares golpistas, elaborando listas de republicanos para ser ejecutados o encarcelados. La imagen del cura con pistola yendo a buscar "rojos", quedó grabada en la memoria de mucha gente. Y también otras muchas cosas. Hace años tuve la oportunidad de entrevistar a una persona que formó parte de los piquetes de ejecución de un buen número de mineros asturianos trasladados a Camposancos (A Guarda, Pontevedra), en espera de ser fusilados. Este informante, que durante toda su vida arrastró el problema de conciencia de participar en los fusilamientos (aunque aquellos que se negaban eran fusilados también al instante), contaba que la persona que le daba el tiro de gracia en la cabeza a los mineros asturianos era el cura.

Como ocurrió en la Italia de Mussolini y en Portugal bajo la dictadura de Salazar, en España la simbiosis entre la Iglesia Católica y el régimen fascista fue también absoluta.

@VigneVT
Blog del viejo topo

sábado, 16 de julio de 2016

Miguel Hernández, Comunista


Valientemente se esconden,
gallardamente se escapan
del campo de los peligros
estas fugitivas cacas,
que me duelen hace tiempo
en los cojones del alma.
[…]
Ocupad los tristes puestos
de la triste telaraña.
Sustituid a la escoba,
y barred con vuestras nalgas
la mierda que vais dejando
donde colocáis la planta.
Cobardes.
Vientos del Pueblo. 1937.

 

Así describía el poeta desde las trincheras del pueblo, sin saberlo, a los que cien años después le quieren robar el alma y el fuego. Miguel Hernández era de pluma poeta y de sangre comunista. Por eso cuando Miguel escribía, escribía para que le leyera el pueblo. Y cuando el pueblo leía a Miguel le leía para rebelarse, junto a él, contra la tiranía.

Y hoy la tiranía, muy bien revestida, nos quiere disfrazar a nuestro Miguel, el comunista. Alfonso Guerra, con plumón de oro, garrapatea a un Miguel afiliado a la Juventud Socialista, diluyendo su real militancia en la JSU, unión verdadera de verdaderos socialistas (de los de Largo Caballero y no Zapatero) y comunistas. Y mi bien oído Serrat, desde el rincón de la SGAE y la progresía, desideologiza al comunista, nos lo desnuda como si siguiera preso en Palencia o Toledo.

Miguel Hernández militaría en el PCE de Líster, Alberti y José Díaz; en el 36, fusil al hombro, ingresa como voluntario en el ejército republicano, al Quinto Regimiento de Zapadores, participando heroicamente en la defensa de Madrid, Andalucía, Extremadura y Teruel. Una vez los fascistas en el poder, Miguel continúa luchando como mejor lo sabía hacer, desde el verso. Es detenido y encarcelado. Su amigo Cossío, junto a intelectuales falangistas, intenta sacar a Miguel de la cárcel a golpe del indigno arrepentimiento del que sabe que tiene la razón, y no el pundonor. Y Miguel sabía muy bien quien tenía la razón y quien no, así ilustró a su amigo Cossío de lo “lamentable” de lo ocurrido, aún sabiendo que actuaron desde la “pasión” y lamentando que no hubieran actuado “desde la razón”.

Miguel Hernández nos deja de escribir poemas a los 31 años de edad abarrotado de esperanza, tifus y tuberculosis, aferrado a unos barrotes que no le permitían besar a Josefina, su amada mujer y musa, inspiración de tantos magnánimos poemas.

Cien años después del nacimiento de Miguel Hernández nuestra obligación es reivindicar al poeta comunista, al comunista poeta. Miguel Hernández, voz del pueblo

viernes, 8 de julio de 2016

La teoría; Stalin, 1924

Publicado en: http://bitacoramarxistaleninista.blogspot.com.es/2016/07/la-teoria-stalin-1924.html?m=1
Bitácora Marxista-Leninista
«HENOS aquí, construyendo los pilares de LO QUE HA DE VENIR»

viernes, 8 de julio de 2016
La teoría; Stalin, 1924

«Analizaré tres cuestiones de este tema: 1) importancia de la teoría para el movimiento proletario; 2) crítica de la «teoría» de la espontaneidad; 3) teoría de la revolución proletaria.

Importancia de la teoría

Hay quien supone que el leninismo es la primacía de la práctica sobre la teoría, en el sentido de que para el lo fundamental es aplicar los principios marxistas, «dar cumplimiento» a estos principios, al tiempo que manifiesta bastante despreocupación por la teoría. Sabido es que Plejánov se burló más de una vez de la «despreocupación» de Lenin por la teoría, y en especial por la filosofía. También es sabido que muchos leninistas ocupados hoy en el trabajo práctico no son muy dados a la teoría, por efecto, sobre todo, de la enorme labor práctica que las circunstancias les obligan a desplegar. He de declarar que esta opinión, por demás extraña, que se tiene de Lenin y del leninismo es completamente falsa y no corresponde en modo alguno a la realidad; que la tendencia de los militantes ocupados en el trabajo práctico a desentenderse de la teoría contradice a todo el espíritu del leninismo y está preñada de grandes peligros para la causa.

La teoría es la experiencia del movimiento obrero de todos los países, tomada en su aspecto general. Naturalmente, la teoría deja de tener objeto cuando no se halla vinculada a la práctica revolucionaria, exactamente del mismo modo que la práctica es ciega si la teoría revolucionaría no alumbra su camino. Pero la teoría puede convertirse en una formidable fuerza del movimiento obrero si se elabora en indisoluble ligazón con la práctica revolucionaria, porque ella, y sólo ella, puede dar al movimiento seguridad, capacidad para orientarse y la comprensión de los vínculos internos entre los acontecimiento que se producen en torno nuestro; porque ella, y sólo ella, puede ayudar a la práctica a comprender, no sólo cómo se mueve y hacia dónde marchan las clases en el momento actual, sino también cómo deben moverse y hacia dónde deben marchar en un futuro próximo. Quién sino Lenin dijo y repitió decenas de veces la conocida tesis de que:

«Sin teoría revolucionaria no puede haber tampoco movimiento revolucionario». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; ¿Qué hacer?, 1902)

Lenin comprendía mejor que nadie la gran importancia de la teoría, sobre todo para un partido como el nuestro, en virtud del papel de luchador de vanguardia del proletariado internacional que le ha correspondido y de la complicada situación interior e internacional que lo rodea. Previendo en 1902 este papel especial de nuestro Partido. Lenin consideraba ya entonces necesario recordar que:

«Sólo un partido dirigido por una teoría de vanguardia puede cumplir la misión de combatiente de vanguardia». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; ¿Qué hacer?, 1902)

No creo que haya necesidad de demostrar que ahora, cuando la predicción de Lenin sobre el papel de nuestro Partido se ha convertido ya en realidad, esta tesis de Lenin adquiere una fuerza y una importancia especiales.

Quizá la expresión más clara de la alta importancia que Lenin otorgaba a la teoría sea el hecho de que fuera precisamente él quien asumió el cumplimiento de una tarea tan acuciante como la de sintetizar, desde el punto de vista de la filosofía materialista, los más importantes adelantos de la ciencia en el período comprendido desde Engels hasta Lenin y de someter a profunda crítica las tendencias antimaterialistas entre los partidarios del marxismo. «Cada descubrimiento trascendental –decía Engels– obliga al materialismo a cambiar de forma». Es sabido que fue precisamente Lenin quien, en su libro «Materialismo y empiriocriticismo», cumplió esta tarea en relación con su época. Es sabido que Plejánov, a quien gustaba burlarse de la «despreocupación» de Lenin por la filosofía, no se decidió siquiera a abordar seriamente la realización de semejante tarea.

Crítica de la «teoría» de la espontaneidad, o sobre el papel de la vanguardia en el movimiento

La «teoría» de la espontaneidad es la teoría del oportunismo, la teoría de la prosternación ante la espontaneidad en el movimiento obrero, la teoría de la negación práctica del papel dirigente de la vanguardia de la clase obrera, del partido de la clase obrera.

La teoría de la prosternación ante la espontaneidad es una teoría decididamente contraria al carácter revolucionario del movimiento obrero, contraria a la orientación del movimiento hacia la lucha contra los fundamentos del capitalismo; aboga por que el movimiento marche exclusivamente por la senda de las reivindicaciones «posibles», «aceptables» para el capitalismo, aboga de manera absoluta por la «vía de la menor resistencia». La teoría de la espontaneidad es la ideología del tradeunionismo.

La teoría de la prosternación ante la espontaneidad es decididamente contraria a que se imprima al movimiento espontáneo un carácter consciente, regular, es contraria a que el partido marche al frente de la clase obrera, a que el partido haga conscientes a las masas, a que el partido marche a la cabeza del movimiento; aboga por que los elementos conscientes del movimiento no impidan a éste seguir su camino, aboga por que el partido no haga más que prestar oído al movimiento espontáneo y se arrastre a la zaga de él. La teoría de la espontaneidad es la teoría de la subestimación del papel del elemento consciente en el movimiento, es la ideología del «seguidismo», la base lógica de todo oportunismo.

Prácticamente, esta teoría, que salió a escena ya antes de la primera revolución rusa, llevó a que sus adeptos, los llamados «economistas», negaran la necesidad de un partido obrero independiente en Rusia, se manifestasen contra la lucha revolucionaría de la clase obrera por el derrocamiento del zarismo, predicaran una política tradeunionista en el movimiento, y, en general, abandonasen a la burguesía liberal la hegemonía en el movimiento obrero.

La lucha de la vieja «Iskra» y la brillante crítica de la teoría del «seguidismo» hecha por Lenin en su folleto: «¿Qué hacer?» de 1902, no sólo derrotaron al llamado «economismo» sino que, además, sentaron las bases teóricas para un movimiento realmente revolucionario de la clase obrera rusa.

Sin esta lucha, ni siquiera hubiera podido pensarse en crear en Rusia un partido obrero independiente, ni en el papel dirigente de éste en la revolución.

Pero la teoría de la prosternación ante la espontaneidad no es un fenómeno exclusivamente ruso. Esta teoría se halla muy extendida –cierto es que bajo una forma algo distinta– en todos los partidos de la II Internacional, sin excepción. Me refiero a la llamada teoría de las «fuerzas productivas», vulgarizada por los líderes de la II Internacional, teoría que lo justifica todo y reconcilia a todos, que registra los hechos, los explica cuando ya todo el mundo está harto de ellos y, después de registrarlos, se da por satisfecha. Marx decía que la teoría materialista no puede limitarse a interpretar el mundo, sino que, además, debe transformarlo. Pero a Kautsky y cía. no les preocupa esto y prefieren no rebasar la primera parte de la fórmula de Marx.

He aquí uno de tantos ejemplos de aplicación de esta «teoría». Dícese que, antes de la guerra imperialista, los partidos de la II Internacional amenazaban con declarar la «guerra a la guerra», en el caso de que los imperialistas la comenzaran. Dícese que, en vísperas de la guerra, estos partidos metieron bajo el tapete la consigna de «guerra a la guerra» y aplicaron la consigna contraria, la consigna de «guerra por la patria imperialista». Dícese que este cambio de consignas causó millones de víctimas entre los obreros. Pero sería un error pensar que alguien tuvo la culpa de ello, que alguien fue infiel o traidor a la clase obrera. ¡Nada de eso! Ocurrió lo que tenía que ocurrir. En primer lugar, porque resulta que la Internacional es un «instrumento de paz», y no de guerra; y, en segundo lugar, porque, dado el «nivel de las fuerzas productivas» en aquel entonces, ninguna otra cosa podía hacerse. La «culpa» es de las «fuerzas productivas». Así, exactamente, «nos» lo explica la «teoría de las fuerzas productivas» del señor Kautsky. Y quien no crea en esta «teoría», no es marxista. ¿El papel de los partidos? ¿Su importancia en el movimiento? Pero ¿qué puede hacer un partido ante un factor tan decisivo como el «nivel de las fuerzas productivas»?

Podríamos citar todo un montón de ejemplos semejantes de falsificación del marxismo.

No creo que sea necesario demostrar que este «marxismo» contrahecho, destinado a cubrir las vergüenzas del oportunismo, no es más que una variante a la europea de esa misma teoría del «seguidismo» combatida por Lenin ya antes de la primera revolución rusa.

No creo que sea necesario demostrar que demoler esa falsificación teórica es una condición preliminar para la creación de partidos verdaderamente revolucionarios en el Occidente.

Teoría de la revolución proletaria

La teoría leninista de la revolución proletaria parte de tres tesis fundamentales.

Primera tesis. La dominación del capital financiero en los países capitalistas adelantados; la emisión de títulos de valor, como una operación importantísima del capital financiero; la exportación de capitales a las fuentes de materias primas, como una de las bases del imperialismo; la omnipotencia de la oligarquía financiera, como resultado de la dominación del capital financiero; todo esto pone al descubierto el burdo carácter parasitario del capitalismo monopolista, hace cien veces más doloroso el yugo de los trusts y de los sindicatos capitalistas, acrecienta la indignación de la clase obrera contra los fundamentos del capitalismo y lleva a las masas a la revolución proletaria como única salvación. Véase la obra de Lenin: «El imperialismo, fase superior del capitalismo» de 1916.

De aquí se desprende la primera conclusión: agudización de la crisis revolucionaria en los países capitalistas; acrecentamiento de los elementos de un estallido en el frente interior, en el frente proletario de las «metrópolis».

Segunda tesis. La exportación intensificada de capitales a las colonias y los países dependientes; la extensión de las «esferas de influencia» y de los dominios coloniales, que llegan a abarcar todo el planeta; la transformación del capitalismo en un sistema mundial de esclavización financiera y de opresión colonial de la gigantesca mayoría de la población del globo por un puñado de países «adelantados»; todo esto, de una parte, ha convertido las distintas economías nacionales y los distintos territorios nacionales en eslabones de una misma cadena, llamada economía mundial; de otra parte, ha dividido a la población del planeta en dos campos: el de un puñado de países capitalistas «adelantados», que explotan y oprimen vastas colonias y vastos países dependientes, y el de la enorme mayoría de colonias y países dependientes, que se ven obligados a luchar por liberarse del yugo imperialista. Véase la obra de Lenin: «El imperialismo, fase superior del capitalismo» de 1916.

De aquí se desprende la segunda conclusión: agudización de la crisis revolucionaria en las colonias; acrecentamiento de la indignación contra el imperialismo en el frente exterior, en el frente colonial.

Tercera tesis. La posesión monopolista de las «esferas de influencia» y de las colonias; el desarrollo desigual de los países capitalistas, que lleva a una lucha furiosa por un nuevo reparto del mundo entre los países que ya se han apoderado de los territorios y los que desean obtener su «parte»; las tierras imperialistas, como único medio de restablecer el «equilibrio» roto; todo esto conduce al fortalecimiento del tercer frente, del frente intercapitalista, que debilita al imperialismo y facilita la unión de los dos primeros frentes: el frente proletario revolucionario y el frente de la liberación nacional contra el imperialismo. Véase la obra de Lenin: «El imperialismo, fase superior del capitalismo» de 1916.

De ahí se desprende la tercera conclusión: ineluctabilidad de las guerras bajo el imperialismo e inevitabilidad de la coalición de la revolución proletaria de Europa con la revolución colonial del Oriente, formando un solo frente mundial de la revolución contra el frente mundial del imperialismo.

Lenin suma todas estas conclusiones en una conclusión general:

«El imperialismo es la antesala de la revolución socialista». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; El imperialismo, fase superior del capitalismo, 1916)

En consonancia con esto, cambia el modo mismo de abordar el problema de la revolución proletaria, de su carácter, de su extensión y profundidad, cambia el esquema de la revolución en general.

Antes, el análisis de las premisas de la revolución proletaria solía abordarse desde el punto de vista del estado económico de tal o cual país. Ahora, este modo de abordar el problema ya no basta. Ahora hay que abordarlo desde el punto de vista del estado económico de todos o de la mayoría de los países, desde el punto de vista del estado de la economía mundial, porque los distintos países y las distintas economías nacionales han dejado ya de ser unidades autónomas y se han convertido en eslabones de una misma cadena, que se llama economía mundial; porque el viejo capitalismo «civilizado» se ha transformado en imperialismo, y el imperialismo es un sistema mundial de esclavización financiera y de opresión colonial de la inmensa mayoría de la población del globo por un puñado de países «adelantados».

Antes solía hablarse de la existencia o de la ausencia de condiciones objetivas para la revolución proletaria en los distintos países o, más exactamente, en tal o cual país desarrollado. Ahora, este punto de vista ya no basta. Ahora hay que hablar de la existencia de condiciones objetivas para la revolución en todo el sistema de la economía imperialista mundial, considerado como una sola entidad; y la presencia, dentro de este sistema, de algunos países con un desarrollo industrial insuficiente no puede representar un obstáculo insuperable para la revolución, si el sistema en su conjunto o, mejor dicho, puesto que el sistema en su conjunto está ya maduro para la revolución.

Antes solía hablarse de la revolución proletaria en tal o cual país desarrollado como de una magnitud autónoma, que se contraponía, como a su antípoda, al respectivo frente nacional del capital. Ahora, este punto de vista ya no basta. Ahora hay que hablar de la revolución proletaria mundial, pues los distintos frentes nacionales del capital se han convertido en otros tantos eslabones de una misma cadena, que se llama frente mundial del imperialismo y a la cual hay que contraponer el frente general del movimiento revolucionario de todos los países.

Antes se concebía la revolución proletaria como resultado exclusivo del desarrollo interior del país en cuestión. Ahora, este punto de vista ya no basta. Ahora, la revolución proletaria debe concebirse, ante todo, como resultado del desarrollo de las contradicciones dentro del sistema mundial del imperialismo, como resultado de la ruptura de la cadena del frente mundial imperialista en tal o cual país.

¿Dónde empezará la revolución?, ¿dónde podrá romperse, en primer lugar, el frente del capital?, ¿en qué país?

Allí donde la industria esté más desarrollada, donde el proletariado forme la mayoría, donde haya más cultura, donde hay más democracia, solían contestar antes.

No, objeta la teoría leninista de la revolución, no es obligatorio que sea allí donde la industria esté más desarrollada, etc. El frente del capital se romperá allí donde la cadena del imperialismo sea más débil, pues la revolución proletaria es resultado de la ruptura de la cadena del frente mundial imperialista por su punto más débil; y bien puede ocurrir que el país que haya empezado la revolución, el país que haya roto el frente del capital, esté menos desarrollado en el sentido capitalista que otros países, los cuales, pese a su mayor desarrollo, todavía permanezcan dentro del marco del capitalismo.

En 1917, la cadena del frente imperialista mundial resultó ser más débil en Rusia que en los demás países. Fue aquí donde se rompió, dando paso a la revolución proletaria. ¿Por qué? Porque en Rusia se desarrollaba una gran revolución popular, a cuya cabeza marchaba el proletariado revolucionario, que contaba con un aliado tan importante como los millones y millones de campesinos oprimidos y explotados por los terratenientes. Porque frente a la revolución se alzaba aquí un representante tan repulsivo del imperialismo como el zarismo, falto de todo ascendiente moral y que se había ganado el odio general de la población. En Rusia, la cadena resultó ser más débil, aunque este país estaba menos desarrollado en el sentido capitalista que Francia o Alemania, Inglaterra o los Estados Unidos, pongamos por caso.

¿Dónde se romperá la cadena en el próximo futuro? Volverá a romperse allí donde sea más débil. No está excluido que la cadena pueda romperse, por ejemplo, en la India. ¿Por qué? Porque en la India hay un proletariado joven, combativo y revolucionario, que cuenta con un aliado como el movimiento de liberación nacional, aliado indudablemente fuerte, indudablemente importante. Porque frente a la revolución se alza allí un enemigo de todos conocido, el imperialismo extranjero, privado de crédito moral y que se ha ganado el odio general de las masas oprimidas y explotadas de la India.

También es perfectamente posible que la cadena se rompa en Alemania. ¿Por qué? Porque los factores que actúan, por ejemplo, en la India, empiezan a actuar también en Alemania; y se comprende que la inmensa diferencia entre el nivel de desarrollo de la India y el de Alemania no puede dejar de imprimir su sello a la marcha y al desenlace de la revolución en Alemania.

Por eso, Lenin dice:

«Los países capitalistas de la Europa Occidental llevarán a término su desarrollo hacia el socialismo. (...) No por un proceso gradual de «maduración» del socialismo en ellos, sino mediante la explotación de unos Estados por otros, mediante la explotación del primer Estado entre los vencidos en la guerra imperialista, unida a la explotación de todo el Oriente. Por otra parte, el Oriente se ha incorporado de manera definitiva al movimiento revolucionario, gracias precisamente a esta primera guerra imperialista, viéndose arrastrado definitivamente a la órbita general del movimiento revolucionario mundial». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Más vale poco y bueno, 1923)

Resumiendo: como regla general, la cadena del frente imperialista debe romperse allí donde sus eslabones sean más débiles y, en todo caso, no necesariamente allí donde el capitalismo esté más desarrollado, o donde los proletarios constituyan un determinado tanto por ciento de la población, los campesinos otro tanto por ciento determinado, etc., etc.

Por eso, los cálculos estadísticos sobre el porcentaje de proletariado en la población de un país determinado pierden, cuando se trata de resolver el problema de la revolución proletaria, la importancia excepcional que gustaban de atribuirles los exégetas de la II Internacional, que no han sabido comprender el imperialismo y temen a la revolución como a la peste.

Además, los héroes de la II Internacional afirmaban –y siguen afirmando– que entre la revolución democrático-burguesa, de una parte, y la revolución proletaria, de otra, media un abismo o, por lo menos, una muralla de China, que separa la una de la otra por un lapso de tiempo más o menos largo, durante el cual la burguesía, entronizada en el poder, desarrolla el capitalismo, y el proletariado acumula fuerzas y se prepara para la «lucha decisiva» contra el capitalismo. Generalmente, este lapso se cuenta por decenios y decenios, si no más. No creo que sea necesario demostrar que, en el imperialismo, esta «teoría» de la muralla de China carece de toda base científica y no es ni puede ser más que un medio para encubrir, para disimular con bellos colores los apetitos contrarrevolucionarios de la burguesía. No creo que sea necesario demostrar que en el imperialismo, preñado de colisiones y guerras, que en la «antesala de la revolución socialista», cuando el capitalismo «floreciente» se convierte en capitalismo «agonizante» y el movimiento revolucionario crece en todos los países del mundo; cuando el imperialismo se coaliga con todas las fuerzas reaccionarias, sin excepción, hasta con el zarismo y el servidumbre, haciendo así necesaria la coalición de todas las fuerzas revolucionarias, desde el movimiento proletario del Occidente hasta el movimiento de liberación nacional del Oriente; cuando se hace imposible derrocar las supervivencias del régimen feudal y de la servidumbre sin una lucha revolucionaria contra el imperialismo; no creo que sea necesario demostrar que en un país más o menos desarrollado la revolución democrático-burguesa tiene que aproximarse, en estas condiciones, a la revolución proletaria, que la primera tiene que transformarse en la segunda. La historia de la revolución en Rusia ha evidenciado que esta tesis es cierta e indiscutible. Por algo Lenin, ya en 1905, en vísperas de la primera revolución rusa, presentaba la revolución democrático-burguesa y la revolución socialista, en su folleto «Dos tácticas», como dos eslabones de la misma cadena, como un lienzo único y completo de la magnitud de la revolución rusa.

«El proletariado debe llevar a término la revolución democrática, atrayéndose a la masa de los campesinos, para aplastar por la fuerza la resistencia de la autocracia y paralizar la inestabilidad de la burguesía. El proletariado debe llevar a cabo la revolución socialista, atrayéndose a la masa de los elementos semiproletarios de la población, para romper por la fuerza la resistencia de la burguesía y paralizar la inestabilidad de los campesinos, de la pequeña burguesía. Tales son las tareas del proletariado, que los partidarios de la nueva «Iskra» conciben de un modo tan estrecho en todos sus razonamientos y resoluciones sobre la magnitud de la revolución». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática, 1905)

Y no hablo ya de otros trabajos posteriores de Lenin, en los que la idea de la transformación de la revolución burguesa en revolución proletaria está expresada con mayor realce que en: «Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática» de 1905, como una de las piedras angulares de la teoría leninista de la revolución.

Según algunos camaradas, resulta que Lenin no concibió esta idea hasta 1916, y anteriormente consideraba que la revolución en Rusia se mantendría dentro de un marco burgués y que, por lo tanto, el poder pasaría de manos del organismo de la dictadura del proletariado y del campesinado a manos de la burguesía, y no a manos del proletariado. Se dice que esa afirmación se ha deslizado incluso en nuestra prensa comunista. Debo señalar que esa afirmación es completamente falsa, que no corresponde, en lo más mínimo, a la realidad.

Podría remitirme al conocido discurso pronunciado por Lenin en el IIIº Congreso del Partido de 1905, en el que no calificó la dictadura del proletariado y del campesinado, es decir, el triunfo de la revolución democrática, de:

«No una organización del orden, sino de organización de la guerra». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Informe sobre la cuestión de la participación de los socialdemócratas en un gobierno revolucionario provisional: Informe en el IIIº Congreso del POSR, 18 de abril de 1905)

Podría remitirme, además, a los conocidos artículos de Lenin: «Sobre el gobierno provisional», en los que, describiendo la perspectiva del desarrollo de la revolución rusa, plantea al partido la tarea de:

«Conseguir que la revolución rusa no sea un movimiento de algunos meses, sino un movimiento de muchos años, que no conduzca tan sólo a obtener pequeñas concesiones de los detentadores del poder, sino al derrumbamiento completo de éste». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La socialdemocracia y el gobierno revolucionario provisional, 1905)

Y en los que, desarrollando todavía más esta perspectiva y relacionándola con la revolución en Europa, prosigue:

«Y si esto se logra. (...) Entonces las llamas del incendio revolucionario prenderán en Europa; el obrero europeo, cansado de la reacción burguesa, se levantará a su vez y nos enseñará «cómo se hacen las cosas»; entonces el impulso revolucionario de Europa repercutirá a su vez en Rusia y hará de una época de algunos años de revolución una época de varios decenios de revolución». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La socialdemocracia y el gobierno revolucionario provisional, 1905)

Podría remitirme, asimismo, a un conocido artículo de Lenin, publicado en noviembre de 1915, que dice:

«El proletariado lucha y seguirá luchando con abnegación por la conquista del poder, por la república y por la confiscación de las tierras, es decir, por ganarse al campesinado, por utilizar hasta el fin sus fuerzas revolucionarias y por hacer que las «masas populares no proletarias» participen en la emancipación de la Rusia burguesa del «imperialismo» militar-feudal –es decir, el zarismo–. Y el proletariado aprovechará inmediatamente esta liberación de la Rusia burguesa del yugo zarista, del poder de los terratenientes sobre la tierra, no para ayudar a los campesinos acomodados en su lucha contra los obreros agrícolas, sino para llevar a cabo la revolución socialista en alianza con los proletarios de Europa». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Sobre las dos líneas en la revolución, 1915)

Podría, finalmente, remitirme al conocido pasaje del folleto de Lenin: «La revolución proletaria y el renegado Kautsky», en que, refiriéndose al pasaje más arriba citado de «Dos tácticas», sobre la magnitud de la revolución, llega a la siguiente conclusión:

«Ha ocurrido tal y como nosotros dijimos. La marcha de la revolución ha confirmado la certeza de nuestro razonamiento. Al principio, con «todos» los campesinos, contra la monarquía, contra los terratenientes, contra el medievalismo –y en este sentido, la revolución sigue siendo burguesa, democrático-burguesa–. Después, con los campesinos pobres, con el semiproletariado, con todos los explotados, contra el capitalismo, comprendidos los ricachos del campo, los kulaks, los especuladores, y, por ello, la revolución se transforma en revolución socialista. Querer levantar una artificial muralla de China entre ambas revoluciones, separar la una de la otra por algo que no sea el grado de preparación del proletariado y el grado de su unión con los campesinos pobres, es la mayor tergiversación del marxismo, es adocenarlo, reemplazarlo por el liberalismo». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La revolución proletaria y el renegado Kautsky, 1918)

Me parece que con eso basta.

Bien, se nos dirá, pero ¿por qué, en este caso, Lenin combatió la idea de la «revolución –permanente– ininterrumpida»?

Porque Lenin proponía «sacar todo el partido posible» de la capacidad revolucionaria del campesinado y utilizar hasta la última gota su energía revolucionaria para la destrucción completa del zarismo, para pasar a la revolución proletaria, mientras que los partidarios de la «revolución permanente» no comprendían el importante papel del campesinado en la revolución rusa, menospreciaban la fuerza de la energía revolucionaria de los campesinos menospreciaban la fuerza y la capacidad del proletariado ruso para llevar tras de sí a los campesinos y, de este modo, dificultaban la liberación de los campesinos de la influencia de la burguesía, la agrupación de los campesinos en torno al proletariado.

Porque Lenin proponía coronar la revolución con el paso del poder al proletariado, mientras que los partidarios de la revolución «permanente» querían empezar directamente por el poder del proletariado, sin comprender que, con ello, cerraban los ojos a una «pequeñez» como las supervivencias del régimen de servidumbre y no tomaban en consideración una fuerza tan importante como el campesinado ruso, sin comprender que semejante política únicamente podía ser un freno para la conquista de los campesinos por el proletariado.

Así, pues, Lenin no combatía a los partidarios de la revolución «permanente» por la cuestión de la continuidad, pues el propio Lenin sostenía el punto de vista de la revolución ininterrumpida, sino porque menospreciaban el papel de los campesinos, que son la reserva más importante del proletariado, y no comprendían la idea de la hegemonía del proletariado.

No puede decirse que la idea de la revolución «permanente» sea una idea nueva. El primero que la formuló fue Marx, a fines de la década del 40, en su conocido: «Mensaje» a la «Liga de los Comunistas» de 1850. De este documento fue de dónde sacaron nuestros «permanentistas» la idea de la revolución ininterrumpida. Debe señalarse que, al tomar esta idea de Marx, nuestros «permanentistas» la modificaron un tanto, y, al modificarla, la «estropearon», haciéndola inservible para el uso práctico. Fue necesario que la mano experta de Lenin corrigiese este error, tomase la idea de Marx sobre la revolución ininterrumpida en su forma pura e hiciese de ella una de las piedras angulares de la teoría leninista de la revolución.

He aquí lo que dice Marx, en su «Mensaje», sobre la revolución ininterrumpida –permanente–, después de haber enumerado. Una serie de reivindicaciones revolucionario-democráticas, a cuya conquista llama a los comunistas:

«Mientras que los pequeños burgueses democráticos quieren poner fin a la revolución lo más rápidamente que se pueda, después de haber obtenido, a lo sumo, las reivindicaciones arriba mencionadas, nuestros intereses y nuestras tareas consisten en hacer la revolución permanente hasta que sea descartada la dominación de las clases más o menos poseedoras, hasta que el proletariado conquiste el poder del Estado, hasta que la asociación de los proletarios se desarrolle, y no sólo en un país, sino en todos los países predominantes del mundo, en proporciones tales, que cese la competencia entre los proletarios de estos países, y hasta que por lo menos las fuerzas productivas decisivas estén concentradas en manos del proletariado». (Karl Marx y Friedrich Engels; Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas, 1850)

En otras palabras:

a) Marx no proponía, en modo alguno, comenzar la revolución, en la Alemania de la década del 50, directamente por el poder proletario, contrariamente a los planes de nuestros «permanentistas» rusos;

b) Marx sólo proponía que se coronase la revolución con el poder estatal del proletariado, desalojando paso a paso de las alturas del poder a una fracción de la burguesía, tras otra, para, una vez instaurado el poder del proletariado encender la revolución en todos los países. De completo acuerdo con lo enunciado está todo lo que enseñó y llevó a la práctica Lenin en el transcurso de nuestra revolución, aplicando su teoría de la revolución proletaria en las condiciones del imperialismo.

Resulta, pues, que nuestros «permanentistas» rusos no sólo menospreciaban el papel del campesinado en la revolución rusa y la importancia de la idea de la hegemonía del proletariado, sino que modificaban –empeorándola– la idea de Marx sobre la revolución «permanente», haciéndola inservible para su aplicación práctica.

Por eso Lenin ridiculizaba la teoría de nuestros «permanentistas», calificándola de «original» y de «magnífica» y acusándolos de no querer:

«Reflexionar acerca del por qué la vida llevaba diez años, ni más ni menos, pasando de largo por delante de esta magnífica teoría». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Sobre las dos líneas en la revolución, 1915)

El artículo de Lenin fue escrito en 1915, a los diez años de aparecer en Rusia la teoría de los «permanentistas».

Por eso Lenin tildaba esta teoría de semimenchevique, diciendo que:

«Toma de los bolcheviques el llamamiento a la lucha revolucionaria decidida del proletariado y a la conquista del poder político por éste, y de los mencheviques, la negación del papel de los campesinos». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; Sobre las dos líneas en la revolución, 1915)

Eso es lo que hay en cuanto a la idea de Lenin sobre la transformación de la revolución democrático-burguesa en revolución proletaria, sobre el aprovechamiento de la revolución burguesa para pasar «inmediatamente» a la revolución proletaria.

Además, antes se creía imposible la victoria de la revolución en un solo país, suponiendo que, para alcanzar la victoria sobre la burguesía, era necesaria la acción conjunta de los proletarios de todos los países adelantados o, por lo menos, de la mayoría de ellos. Ahora, este punto de vista ya no corresponde a la realidad. Ahora hay que partir de la posibilidad de este triunfo, pues el desarrollo desigual y a saltos de los distintos países capitalistas en el imperialismo, el desarrollo, en el seno del imperialismo, de contradicciones catastróficas que llevan a guerras inevitables, el incremento del movimiento revolucionario en todos los países del mundo; todo ello no sólo conduce a la posibilidad, sino también a la necesidad del triunfo del proletariado en uno u otro país. La historia de la revolución en Rusia es una prueba directa de ello. Únicamente debe tenerse en cuenta que el derrocamiento de la burguesía sólo puede lograrse si se dan algunas condiciones absolutamente indispensables, sin las cuales ni siquiera puede pensarse en la toma del poder por el proletariado.

He aquí lo que dice Lenin acerca de estas condiciones en su folleto: «La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo» de 1920:

«La ley fundamental de la revolución, confirmada por todas las revoluciones, y en particular por las tres revoluciones rusas del siglo XX, consiste en lo siguiente: para la revolución no basta con que las masas explotadas y oprimidas tengan conciencia de la imposibilidad de seguir viviendo como viven y exijan cambios; para la revolución es necesario que los explotadores no puedan seguir viviendo y gobernando como viven y gobiernan. Sólo cuando los «de abajo» no quieren y los «de arriba» no pueden seguir viviendo a la antigua, sólo entonces puede triunfar la revolución. En otras palabras, esta verdad se expresa del modo siguiente: la revolución es imposible sin una crisis nacional general –que afecte a explotados y explotadores–. Por consiguiente, para hacer la revolución, hay en primer lugar, que conseguir que la mayoría de los obreros –o en todo caso la mayoría de los obreros conscientes, reflexivos, políticamente activos– comprenda profundamente la necesidad de la revolución y esté dispuesta a sacrificar la vida por ella; en segundo lugar, es preciso que las clases gobernantes atraviesen una crisis gubernamental que arrastre a la política hasta a las masas más atrasadas. (...) Que reduzca a la impotencia al gobierno y haga posible su rápido derrocamiento por los revolucionarios».(Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo, 1920)

Pero derrocar el poder de la burguesía e instaurar el poder del proletariado en un solo país no significa todavía garantizar el triunfo completo del socialismo. Después de haber consolidado su poder y arrastrado consigo a los campesinos, el proletariado del país victorioso puede y debe edificar la sociedad socialista. Pero ¿significa esto que, con ello, el proletariado logrará el triunfo completo, definitivo, del socialismo, es decir, significa esto que el proletariado puede, con las fuerzas de un solo país, consolidar definitivamente el socialismo y garantizar completamente al país contra una intervención y, por tanto, contra la restauración? No. Para ello es necesario que la revolución triunfe, por lo menos, en algunos países. Por eso, desarrollar y apoyar la revolución en otros países es una tarea esencial para la revolución que ha triunfado ya. Por eso, la revolución del país victorioso no debe considerarse como una magnitud autónoma, sino como un apoyo, como un medio para acelerar el triunfo del proletariado en los demás países.

Lenin expresó este pensamiento en dos palabras, cuando dijo que la misión de la revolución triunfante consiste en llevar a cabo:

«El máximo de lo realizable en un solo país para desarrollar, apoyar y despertar la revolución en todos los países». (Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; La revolución proletaria y el renegado Kautsky, 1918)

Tales son, en términos generales, los rasgos característicos de la teoría leninista de la revolución proletaria». (Iósif Vissariónovich Dzhugashvili; Stalin; Los fundamentos del leninismo, 1924)

sábado, 2 de julio de 2016

Engels. Principios del Comunismo

F. ENGELS

PRINCIPIOS DEL COMUNISMO

El trabajo "Principios del comunismo" es un proyecto de programa de la Liga de los Comunistas. Lo escribió Engels en París por encargo del Comité Comarcal de la Liga. Sin embargo, luego de que como resultado de su II Congreso (29 de noviembre-8 de diciembre de 1847), la Liga les encargara a Marx y Engels la redacción de un programa para la Liga, los autores abandonaron la forma de catequismo que marcó la obra aquí reproducida y optaron por escribir el programa en forma de minifiesto. El resultado se conoce como el Manifiesto del Partido Comunista. Al escribirlo, los autores utilizaron las tesis expuestas por Engels en los "Principios del comunismo".
I. ¿Qué es el comunismo?
El comunismo es la doctrina de las condiciones de la liberación del proletariado.
II. ¿Qué es el proletariado?
El proletariado es la clase social que consigue sus medios de subsistencia exclusivamente de la venta de su trabajo, y no del rédito de algún capital; es la clase, cuyas dicha y pena, vida y muerte y toda la existencia dependen de la demanda de trabajo, es decir, de los períodos de crisis y de prosperidad de los negocios, de las fluctuaciones de una competencia desenfrenada. Dicho en pocas palabras, el proletariado, o la clase de los proletarios, es la clase trabajadora del siglo XIX.
III. ¿Quiere decir que los proletarios no han existido siempre?
No. Las clases pobres y trabajadoras han existido siempre, siendo pobres en la mayoría de los casos. Ahora bien, los pobres, los obreros que viviesen en las condiciones que acabamos de señalar, o sea los proletarios, no han existido siempre, del mismo modo que la competencia no ha sido siempre libre y desenfrenada.
IV. ¿Cómo apareció el proletariado?
El proletariado nació a raíz de la revolución industrial, que se produjo en Inglaterra en la segunda mitad del siglo pasado y se repitió luego en todos los países civilizados del mundo. Dicha revolución se debió al invento de la máquina de vapor, de las diversas máquinas de hilar, del telar mecánico y de toda una serie de otros dispositivos mecánicos. Estas máquinas, que costaban muy caras y, por eso, sólo estaban al alcance de los grandes capitalistas, transformaron completamente el antiguo modo de producción y desplazaron a los obreros anteriores, puesto que las máquinas producían mercancías más baratas y mejores que las que podían hacer éstos con ayuda de sus ruecas y telares imperfectos. Las máquinas pusieron la industria enteramente en manos de los grandes capitalistas y redujeron a la nada el valor de la pequeña propiedad de los obreros (instrumentos, telares, etc.), de modo que los capitalistas pronto se apoderaron de todo, y los obreros se quedaron con nada. Así se instauró en la producción de tejidos el sistema fabril. En cuanto se dio el primer impulso a la introducción de máquinas y al sistema fabril; este último se propagó rápidamente en las demás ramas de la industria, sobre todo en el estampado de tejidos, la impresión de libros, la alfarería y la metalurgia. El trabajo comenzó a dividirse más y más entre los obreros individuales de tal manera que el que antes efectuaba todo el trabajo pasó a realizar nada más que una parte del mismo. Esta división del trabajo permitió fabricar los productos más rápidamente y, por consecuencia, de modo más barato. Ello redujo la actividad de cada obrero a un procedimiento mecánico, muy sencillo, constantemente repetido, que la máquina podía realizar con el mismo éxito o incluso mucho mejor. Por tanto, todas estas ramas de la producción cayeron, una tras otra, bajo la dominación del vapor, de las máquinas y del sistema fabril, exactamente del mismo modo que la producción de hilados y de tejidos. En consecuencia, ellas se vieron enteramente en manos de los grandes capitalistas, y los obreros quedaron privados de los úItimos restos de su independencia. Poco a poco, el sistema fabril extendió su dominación no ya sólo a la manufactura, en el sentido estricto de la palabra, sino que comenzó a apoderarse más y más de las actividades artesanas, ya que también en esta esfera los grandes capitalistas desplazaban cada vez más a los pequeños maestros, montando grandes talleres, en los que era posible ahorrar muchos gastos e implantar una detallada división del trabajo. Así llegamos a que, en los países civilizados, casi en todas las ramas del trabajo se afianza la producción fabril y, casi en todas estas ramas, la gran industria desplaza a la artesanía y la manufactura. Como resultado de ello, se arruina más y más la antigua clase media, sobre todo los pequeños artesanos, cambia completamente la anterior situación de los trabajadores y surgen dos clases nuevas, que absorben paulatinamente a todas las demás, a saber:
I. La clase de los grandes capitalistas, que son ya en todos los países civilizados casi los únicos poseedores de todos los medios de existencia, como igualmente de las materias primas y de los instrumentos (máquinas, fábricas, etc.) necesarios para la producción de los medios de existencia. Es la clase de los burgueses, o sea, burguesía.
II. La clase de los completamente desposeídos, de los que en virtud de ello se ven forzados a vender su trabajo a los burgueses, al fin de recibir en cambio los medios de subsistencia necesarios para vivir. Esta clase se denomina la clase de los proletarios, o sea, proletariado.
V. ¿En qué condiciones se realiza esta venta del trabajo de los proletarios a los burgueses?
El trabajo es una mercancía como otra cualquiera, y su precio depende, por consiguiente, de las mismas leyes que el de cualquier otra mercancía. Pero, el precio de una mercancía, bajo el dominio de la gran industria o de la libre competencia, que es lo mismo, como lo veremos más adelante, es, por término medio, siempre igual a los gastos de producción de dicha mercancía. Por tanto, el precio del trabajo es también igual al costo de producción del trabajo. Ahora bien, el costo de producción del trabajo consta precisamente de la cantidad de medios de subsistencia indispensables para que el obrero esté en condiciones de mantener su capacidad de trabajo y para que la clase obrera no se extinga. El obrero no percibirá por su trabajo más que lo indispensable para ese fin; el precio del trabajo o el salario será, por consiguiente, el más bajo, constituirá el mínimo de lo indispensable para mantener la vida. Pero, por cuanto en los negocios existen períodos mejores y peores, el obrero percibirá unas veces más, otras menos, exactamente de la misma manera que el fabricante cobra unas veces más, otras menos, por sus mercancías. Y, al igual que el fabricante, que, por término medio, contando los tiempos buenos y los malos, no percibe por sus mercancías ni más ni menos que su costo de producción, el obrero percibirá, por término medio, ni más ni menos que ese mínimo. Esta ley económica del salario se aplicará más rigurosamente en la medida en que la gran industria vaya penetrando en todas las ramas de la producción.
VI. ¿Qué clases trabajadores existían antes de la revolución industrial?
Las clases trabajadoras han vivido en distintas condiciones, según las diferentes fases de desarrollo de la sociedad, y han ocupado posiciones distintas respecto de las clases poseedoras y dominantes. En la antigüedad, los trabajadores eran esclavos de sus amos, como lo son todavía en un gran número de países atrasados e incluso en la parte meridional de los Estados Unidos. En la Edad Media eran siervos de los nobles propietarios de tierras, como lo son todavía en Hungría, Polonia y Rusia. Además, en la Edad Media, hasta la revolución industrial, existían en las ciudades oficiales artesanos que trabajaban al servicio de la pequeña burguesía y, poco a poco, en la medida del progreso de la manufactura, comenzaron a aparecer obreros de manufactura que iban a trabajar contratados por grandes capitalistas.
VII. ¿Qué diferencia hay entre el proletario y el esclavo?
El esclavo está vendido de una vez y para siempre, en cambio, el proletario tiene que venderse él mismo cada día y cada hora. Todo esclavo individual, propiedad de un señor determinado, tiene ya asegurada su existencia por miserable que sea, por interés de éste. En cambio el proletario individual es, valga la expresión, propiedad de toda la clase de la burguesía. Su trabajo no se compra más que cuando alguien lo necesita, por cuya razón no tiene la existencia asegurada. Esta existencia está asegurada únicamente a toda la clase de los proletarios. El esclavo está fuera de la competencia. El proletario se halla sometido a ello y siente todas sus fluctuaciones. El esclavo es considerado como una cosa, y no miembro de la sociedad civil. El proletario es reconocido como persona, como miembro de la sociedad civil. Por consiguiente, el esclavo puede tener una existencia mejor que el proletario, pero este último pertenece a una etapa superior de desarrollo de la sociedad y se encuentra a un nivel más alto que el esclavo. Este se libera cuando de todas las relaciones de la propiedad privada no suprime más que una, la relación de esclavitud, gracias a lo cual sólo entonces se convierte en proletario; en cambio, el proletario sólo puede liberarse suprimiendo toda la propiedad privada en general.
VIII. ¿Qué diferencia hay entre el proletario y el siervo?
El siervo posee en propiedad y usufructo un instrumento de producción y una porción de tierra, a cambio de lo cual entrega una parte de su producto o cumple ciertos trabajos. El proletario trabaja con instrumentos de producción pertenecientes a otra persona, por cuenta de ésta, a cambio de una parte del producto. El siervo da, al proletario le dan. El siervo tiene la existencia asegurada, el proletario no. El siervo está fuera de la competencia, el proletario se halla sujeto a ella. El siervo se libera ya refugiándose en la ciudad y haciéndose artesano, ya dando a su amo dinero en lugar de trabajo o productos, transformandose en libre arrendatario, ya expulsando a su señor feudal y haciéndose él mismo propietario. Dicho en breves palabras, se libera entrando de una manera u otra en la clase poseedora y en la esfera de la competencia. El proletario se libera suprimiendo la competencia, la propiedad privada y todas las diferencias de clase.
IX. ¿Qué diferencia hay entre el proletario y el artesano? 1
X. ¿Qué diferencia hay entre el proletario y el obrero de manufactura?
El obrero de manufactura de los siglos XVI-XVIII poseía casi en todas partes instrumentos de producción: su telar, su rueca para la familia y un pequeño terreno que cultivaba en las horas libres. El proletario no tiene nada de eso. El obrero de manufactura vive casi siempre en el campo y se halla en relaciones más o menos patriarcales con su señor o su patrono. El proletario suele vivir en grandes ciudades y no lo unen a su patrono más que relaciones de dinero. La gran industria arranca al obrero de manufactura de sus condiciones patriarcales; éste pierde la propiedad que todavía poseía y sólo entonces se convierte en proletario.
XI. ¿Cuáles fueron las consecuencias directas de la revolución industrial y de la división de la sociedad en burgueses y proletarios?
En primer lugar, en virtud de que el trabajo de las máquinas reducía más y más los precios de los artículos industriales, en casi todos los países del mundo el viejo sistema de la manufactura o de la industria basada en el trabajo manual fue destruido enteramente. Todos los países semibárbaros que todavía quedaban más o menos al margen del desarrollo histórico y cuya industria se basaba todavía en la manufactura, fueron arrancados violentamente de su aislamiento. Comenzaron a comprar mercancías más baratas a los ingleses, dejando que se muriesen de hambre sus propios obreros de manufactura. Así, países que durante milenios no conocieron el menor progreso, como, por ejemplo, la India, pasaron por una completa revolución, e incluso la China marcha ahora de cara a la revolución. Las cosas han llegado a tal punto que una nueva máquina que se invente ahora en Inglaterra podrá, en el espacio de un año, condenar al hambre a millones de obreros de China. De este modo, la gran industria ha ligado los unos a los otros a todos los pueblos de la tierra, ha unido en un solo mercado mundial todos los pequeños mercados locales, ha preparado por doquier el terreno para la civilización y el progreso y ha hecho las cosas de tal manera que todo lo que se realiza en los países civilizados debe necesariamente repercutir en todos los demás, por tanto, si los obreros de Inglaterra o de Francia se liberan ahora, ello debe suscitar revoluciones en todos los demás países, revoluciones que tarde o temprano culminarán también allí en la liberación de los obreros.
En segundo lugar, en todas las partes en que la gran industria ocupó el lugar de la manufactura, la burguesía aumentó extraordinariamente su riqueza y poder y se erigió en primera clase del país. En consecuencia, en todas las partes en las que se produjo ese proceso, la burguesía tomó en sus manos el poder político y desalojó las clases que dominaban antes: la aristocracia, los maestros de gremio y la monarquía absoluta, que representaba a la una y a los otros. La burguesía acabó con el poderío de la aristocracia y de la nobleza, suprimiendo el mayorazgo o la inalienabilidad de la posesión de tierras, como también todos los privilegios de la nobleza. Destruyó el poderío de los maestros de gremio, eliminando todos los gremios y los privilegios gremiales. En el lugar de unos y otros puso la libre competencia, es decir, un estado de la sociedad en la que cada cual tenía derecho a dedicarse a la rama de la industria que le gustase y nadie podía impedírselo a no ser la falta de capital necesario para tal actividad. Por consiguiente, la implantación de la libre competencia es la proclamación pública de que, de ahora en adelante, los miembros de la sociedad no son iguales entre sí únicamente en la medida en que no lo son sus capitales, que el capital se convierte en la fuerza decisiva y que los capitalistas, o sea, los burgueses, se erigen así en la primera clase de la sociedad. Ahora bien, la libre competencia es indispensable en el período inicial del desarrollo de la gran industria, porque es el único régimen social con el que la gran industria puede progresar. Tras de aniquilar de este modo el poderío social de la nobleza y de los maestros de gremio, puso fin también al poder político de la una y los otros. Llegada a ser la primera clase de la sociedad, la burguesía se proclamó también la primera clase en la esfera política. Lo hizo implantando el sistema representativo, basado en la igualdad burguesa ante la ley y en el reconocimiento legislativo de la libre competencia. Este sistema fue instaurado en los países europeos bajo la forma de la monarquía constitucional. En dicha monarquía sálo tienen derecho de voto los poseedores de cierto capital, es decir, únicamente los burgueses. Estos electores burgueses eligen a los diputados, y estos diputados burgueses, valiéndose del derecho a negar los impuestos, eligen un gobierno burgués.
En tercer lugar, la revolución indistrial ha creado en todas partes el proletariado en la misma medida que la burguesía. Cuanto más ricos se hacían los burgueses, más numerosos eran los proletarios. Visto que sólo el capital puede dar ocupación a los proletarios y que el capital sólo aumenta cuando emplea trabajo, el crecimiento del proletariado se produce en exacta correspondencia con el del capital. Al propio tiempo, la revolución industrial agrupa a los burgueses y a los proletarios en grandes ciudades, en las que es más ventajoso fomentar la industria, y can esa concentración de grandes masas en un mismo lugar le inculca a los proletarios la conciencia de su fuerza. Luego, en la medida del progreso de la revolución industrial, en la medida en que se inventan nuevas máquinas, que eliminan el trabajo manual, la gran industria ejerce una presión creciente sobre los salarios y los reduce, como hemos dicho, al mínimo, haciendo la situación del proletariado cada vez más insoportable. Así, por una parte, como consecuencia del descontento creciente del proletariado y, por la otra, del crecimiento del poderío de éste, la revolución industrial prepara la revolución social que ha de realizar el proletariado.
XII. ¿Cuáles han sido las consecuencias siguientes de la revolución industrial?
La gran industria creó, con la máquina de vapor y otras máquinas, los medios de aumentar la producción industrial rápidamente, a bajo costo y hasta el infinito. Merced a esta facilidad de ampliar la producción, la libre competencia, consecuencia necesaria de esta gran industria, adquirió pronto un carácter extraordinariamente violento; un gran número de capitalistas se lanzó a la industria, en breve plazo se produjo más de lo que se podía consumir. Como consecuencia, no se podían vender las mercancías fabricadas y sobrevino la llamada crisis comercial; las fábricas tuvieron que parar, los fabricantes quebraron y los obreros se quedaron sin pan. Y en todas partes se extendió la mayor miseria. Al cabo de cierto tiempo se vendieron los productos sobrantes, las fábricas volvieron a funcionar, los salarios subieron y, poco a poco, los negocios marcharon mejor que nunca. Pero no por mucho tiempo, ya que pronto volvieron a producirse demasiadas mercancías y sobrevino una nueva crisis que transcurrió exactamente de la misma manera que la anterior. Así, desde comienzos del presente siglo, en la situación de la industria se han producido continuamente oscilaciones entre períodos de prosperidad y períodos de crisis, y casi regularmente, cada cinco o siete años se ha producido tal crisis, con la particularidad de que cada vez acarreaba las mayores calamidades para los obreros, una agitación revolucionaria general y un peligro colosal para todo el régimen existente.
XIII. ¿Cuáles son las consecuencias de estas crisis comerciales que se repiten regularmente?
En primer lugar, la de que la gran industria, que en el primer período de su desarrollo creó la libre competencia, la ha rebasado ya; que la competencia y, hablando en términos generales, la producción industrial en manos de unos u otros particulares se ha convertido para ella en una traba a la que debe y ha de romper; que la gran industria, mientras siga sobre la base actual, no puede existir sin conducir cada siete años a un caos general que supone cada vez un peligro para toda la civilización y no sólo sume en la miseria a los proletarios, sino que arruina a muchos burgueses; que, por consiguiente, la gran industria debe destruirse ella misma, lo que es absolutamente imposible, o reconocer que hace imprescindible una organización completamente nueva de la sociedad, en la que la producción industrial no será más dirigida por unos u otros fabricantes en competencia entre sí, sino por toda la sociedad con arreglo a un plan determinado y de conformidad con las necesidades de todos los miembros de la sociedad.
En segundo lugar, que la gran industria y la posibilidad, condicionada por ésta, de ampliar hasta el infinito la producción permiten crear un régimen social en el que se producirán tantos medios de subsistencia que cada miembro de la sociedad estará en condiciones de desarrollar y emplear libremente todas sus fuerzas y facultades; de modo que, precisamente la peculiaridad de la gran industria que en la sociedad moderna engendra toda la miseria y todas las crisis comerciales será en la otra organización social justamente la que ha de acabar con esa miseria y esas fluctuaciones preñadas de tantas desgracias.
Por tanto, está probado claramente:
1) que en la actualidad todos estos males se deben únicamente al régimen social, el cual ya no responde más a las condiciones existentes;
2) que ya existen los medios de supresión definitiva de estas calamidades por vía de la construcción de un nuevo orden social.
XIV. ¿Cómo debe ser ese nuevo orden social?
Ante todo, la administración de la industria y de todas las ramas de la producción en general dejará de pertenecer a unos u otros individuos en competencia. En lugar de esto, las ramas de la producción pasarán a manos de toda la sociedad, es decir, serán administradas en beneficio de toda la sociedad, con arreglo a un plan general y con la participación de todos los miembros de la sociedad. Por tanto, el nuevo orden social suprimirá la competencia y la sustituirá con la asociación. En vista de que la dirección de la industria, al hallarse en manos de particulares, implica necesariamente la existencia de la propiedad privada y por cuanto la competencia no es otra cosa que ese modo de dirigir la industria, en el que la gobiernan propietarios privados, la propiedad privada va unida inseparablemente a la dirección individual de la industria y a la competencia. Así, la propiedad privada debe también ser suprimida y ocuparán su lugar el usufructo colectivo de todos los instrumentos de producción y el reparto de los productos de común acuerdo, lo que se llama la comunidad de bienes.
La supresión de la propiedad privada es incluso la expresión más breve y mas característica de esta transformación de todo el régimen social, que se ha hecho posible merced al progreso de la industria. Por eso los comunistas la planteen can razón como su principal reivindicación.
XV. ¿Eso quiere decir que la supresión de la propiedad privada no era posible antes?
No, no era posible. Toda transformación del orden social, todo cambio de las relaciones de propiedad es consecuencia necesaria de la aparición de nuevas fuerzas productivas que han dejado de corresponder a las viejas relaciones de propiedad. Así ha surgido la misma propiedad privada. La propiedad privada no ha existido siempre; cuando a fines de la Edad Media surgió el nuevo modo de producción bajo la forma de la manufactura, que no encuadraba en el marco de la propiedad feudal y gremial, esta manufactura, que no correspondía ya a las viejas relaciones de propiedad, dio vida a una nueva forma de propiedad: la propiedad privada. En efecto, para la manufactura y para el primer período de desarrollo de la gran industria no era posible ninguna otra forma de propiedad además de la propiedad privada, no era posible ningún orden social además del basado en esta propiedad. Mientras no se pueda conseguir una cantidad de productos que no sólo baste para todos, sino que se quede cierto excedente para aumentar el capital social y seguir fomentando las fuerzas productivas, deben existir necesariamente una clase dominante que disponga de las fuerzas productivas de la sociedad y una clase pobre y oprimida. La constitución y el carácter de estas clases dependen del grado de desarrollo de la producción. La sociedad de la Edad Media, que tiene por base el cultivo de la tierra, nos da el señor feudal y el siervo; las ciudades de las postrimerías de la Edad Media nos dan el maestro artesano, el oficial y el jornalero; en el siglo XVII, el propietario de manufactura y el obrero de ésta; en el siglo XIX, el gran fabricante y el proletario. Es claro que, hasta el presente, las fuerzas productivas no se han desarrollado aún al punto de proporcionar una cantidad de bienes suficiente para todos y para que la propiedad privada sea ya una traba, un obstáculo para su progreso. Pero hoy, cuando, merced al desarrollo de la gran industria, en primer lugar, se han constituido capitales y fuerzas productivas en proporciones sin precedentes y existen medios para aumentar en breve plazo hasta el infinito estas fuerzas productivas; cuando, en segundo lugar, estas fuerzas productivas se concentran en manos de un reducido número de burgueses, mientras la gran masa del pueblo se va convirtiendo cada vez más en proletarios, con la particularidad de que su situación se hace más precaria e insoportable en la medida en que aumenta la riqueza de los burgueses; cuando, en tercer lugar, estas poderosas fuerzas productivas, que se multiplican con tanta facilidad hasta rebasar el marco de la propiedad privada y del burgués, provocan continuamente las mayores conmociones del orden social, sólo ahora la supresión de la propiedad privada se ha hecho posible e incluso absolutamente necesaria.
XVI. ¿Será posible suprimir por vía pacífica la propiedad privada?
Sería de desear que fuese así, y los comunistas, como es lógico, serían los últimos en oponerse a ello. Los comunistas saben muy bien que todas las conspiraciones, además de inútiles, son incluso perjudiciales. Están perfectamente al corriente de que no se pueden hacer las revoluciones premeditada y arbitrariamente y que éstas han sido siempre y en todas partes una consecuencia necesaria de circunstancias que no dependían en absoluto de la voluntad y la dirección de unos u otros partidos o clases enteras. Pero, al propio tiempo, ven que se viene aplastando por la violencia el desarrollo del proletariado en casi todos los países civilizados y que, con ello, los enemigos mismos de los comunistas trabajan con todas sus energías para la revolución. Si todo ello termina, en fin de cuentas, empujando al proletariado subyugado a la revolución, nosotros, los comunistas, defenderemos con hechos, no menos que como ahora lo hacemos de palabra, la causa del proletariado.
XVII. ¿Será posible suprimir de golpe la propiedad privada?
No, no será posible, del mismo modo que no se puede aumentar de golpe las fuerzas productivas existentes en la medida necesaria para crear una economía colectiva. Por eso, la revolución del proletariado, que se avecina según todos los indicios, sólo podrá transformar paulatinamente la sociedad actual, y acabará con la propiedad privada únicamente cuando haya creado la necesaria cantidad de medios de producción.
XVIII. ¿Qué vía de desarrollo tomará esa revolución?
Establecerá, ante todo, un régimen democrático y, por tanto, directa o indirectamente, la dominación política del proletariado. Directamente en Inglaterra, donde los proletarios constituyen ya la mayoría del pueblo. Indirectamente en Francia y en Alemania, donde la mayoría del pueblo no consta únicamente de proletarios, sino, además, de pequeños campesinos y pequeños burgueses de la ciudad, que se encuentran sólo en la fase de transformación en proletariado y que, en lo tocante a la satisfacción de sus intereses políticos, dependen cada vez más del proletariado, por cuya razón han de adherirse pronto a las reivindicaciones de éste. Para ello, quizá, se necesite una nueva lucha que, sin embargo, no puede tener otro desenlace que la victoria del proletariado.
La democracia sería absolutamente inútil para el proletariado si no la utilizara inmediatamente como medio para llevar a cabo amplias medidas que atentasen directamente contra la propiedad privada y asegurasen la existencia del proletariado. Las medidas más importantes, que dimanan necesariamente de las condiciones actuales, son:
1) Restricción de la propiedad privada mediante el impuesto progresivo, el alto impuesto sobre las herencias, la abolición del derecho de herencia en las líneas laterales (hermanos, sobrinos, etc.), préstamos forzosos, etc.
2) Expropiación gradual de los propietarios agrarios, fabricantes, propietarios de ferrocarriles y buques, parcialmente con ayuda de la competencia por parte de la industria estatal y, parcialmente de modo directo, con indemnización en asignados.
3) Confiscación de los bienes de todos los emigrados y de los rebeldes contra la mayoría del pueblo.
4) Organización del trabajo y ocupación de los proletarios en fincas, fábricas y talleres nacionales, con lo cual se eliminará la competencia entre los obreros, y los fabricantes que queden, tendrán que pagar salarios tan altos como el Estado.
5) Igual deber obligatorio de trabajo para todos los miembros de la sociedad hasta la supresión completa de la propiedad privada. Formación de ejércitos industriales, sobre todo para la agricultura.
6) Centralización de los créditos y la banca en las manos del Estado a través del Banco Nacional, con capital del Estado. Cierre de todos los bancos privados.
7) Aumento del número de fábricas, talleres, ferrocarriles y buques nacionales, cultivo de todas las tierras que están sin labrar y mejoramiento del cultivo de las demás tierras en consonancia con el aumento de los capitales y del número de obreros de que dispone la nación.
8) Educación de todos los niños en establecimientos estatales y a cargo del Estado, desde el momento en que puedan prescindir del cuidado de la madre. Conjugar la educación con el trabajo fabril.
9) Construcción de grandes palacios en las fincas del Estado para que sirvan de vivienda a las comunas de ciudadanos que trabajen en la industria y la agricultura y unan las ventajas de la vida en la ciudad y en el campo, evitando así el carácter unilateral y los defectos de la una y la otra.
10) Destrucción de todas las casas y barrios insalubres y mal construidos.
11) Igualdad de derecho de herencia para los hijos legítimos y los naturales.
12) Concentración de todos los medios de transporte en manos de la nación.
Por supuesto, todas estas medidas no podrán ser llevadas a la práctica de golpe. Pero cada una entraña necesariamente la siguiente. Una vez emprendido el primer ataque radical contra la propiedad privada, el proletariado se verá obligado a seguir siempre adelante y a concentrar más y más en las manos del Estado todo el capital, toda la agricultura, toda la industria, todo el transporte y todo el cambio. Este es el objetivo a que conducen las medidas mencionadas. Ellas serán aplicables y surtirán su efecto centralizador exactamente en el mismo grado en que el trabajo del proletariado multiplique las fuerzas productivas del país. Finalmente, cuando todo el capital, toda la producción y todo el cambio estén concentrados en las manos de la nación, la propiedad privada dejará de existir de por sí, el dinero se hará superfluo, la producción aumentará y los hombres cambiarán tanto que se podrán suprimir también las últimas formas de relaciones de la vieja sociedad.
XIX. ¿Es posible esta revolución en un solo país?
No. La gran industria, al crear el mercado mundial, ha unido ya tan estrechamente todos los pueblos del globo terrestre, sobre todo los pueblos civilizados, que cada uno depende de lo que ocurre en la tierra del otro. Además, ha nivelado en todos los países civilizados el desarrollo social a tal punto que en todos estos países la burguesía y el proletariado se han erigido en las dos clases decisivas de la sociedad, y la lucha entre ellas se ha convertido en la principal lucha de nuestros días. Por consecuencia, la revolución comunista no será una revolución puramente nacional, sino que se producirá simultáneamente en todos los países civilizados, es decir, al menos en Inglaterra, en América, en Francia y en Alemania. Ella se desarrollará en cada uno de estos países más rápidamente o más lentamente, dependiendo del grado en que esté en cada uno de ellos más desarrollada la industria, en que se hayan acumulado más riquezas y se disponga de mayores fuerzas productivas. Por eso será más lenta y difícil en Alemania y más rápida y fácil en Inglaterra. Ejercerá igualmente una influencia considerable en los demás países del mundo, modificará de raíz y acelerará extraordinariamente su anterior marcha del desarrollo. Es una revolución universal y tendrá, por eso, un ámbito universal.
XX. ¿Cuáles serán las consecuencias de la supresión definitiva de la propiedad privada?
Al quitar a los capitalistas privados el usufructo de todas las fuerzas productivas y medios de comunicación, así como el cambio y el reparto de los productos, al administrar todo eso con arreglo a un plan basado en los recursos disponibles y las necesidades de toda la sociedad, ésta suprimirá, primeramente, todas las consecuencias nefastas ligadas al actual sistema de dirección de la gran industria. Las crisis desaparecerán; la producción ampliada, que es, en la sociedad actual, una superproducción y una causa tan poderosa de la miseria, será entonces muy insuficiente y deberá adquirir proporciones mucho mayores. En lugar de engendrar la miseria, la producción superior a las necesidades perentorias de la sociedad permitirá satisfacer las demandas de todos los miembros de ésta, engendrará nuevas demandas y creará, a la vez, los medios de satisfacerlas. Será la condición y la causa de un mayor progreso y lo llevará a cabo, sin suscitar, como antes, el trastorno periódico de todo el orden social. La gran industria, liberada de las trabas de la propiedad privada, se desarrollará en tales proporciones que, comparado con ellas, su estado actual parecerá tan mezquino como la manufactura al lado de la gran industria moderna. Este avance de la industria brindara a la sociedad suficiente cantidad de productos para satisfacer las necesidades de todos. Del mismo modo, la agricultura, en la que, debido al yugo de la propiedad privada y al fraccionamiento de las parcelas, resulta difícil el empleo de los perfeccionamientos ya existentes y de los adelantos de la ciencia experimentará un nuevo auge y ofrecerá a disposición de la sociedad una cantidad suficiente de productos. Así, la sociedad producirá lo bastante para organizar la distribución con vistas a cubrir las necesidades de todos sus miembros. Con ello quedará superflua la división de la sociedad en clases distintas y antagónicas. Dicha división, además de superflua, será incluso incompatible con el nuevo régimen social. La existencia de clases se debe a la división del trabajo, y esta última, bajo su forma actual desaparecerá enteramente, ya que, para elevar la producción industrial y agrícola al mencionado nivel no bastan sólo los medios auxiliares mecánicos y químicos. Es preciso desarrollar correlativamente las aptitudes de los hombres que emplean estos medios. Al igual que en el siglo pasado, cuando los campesinos y los obreros de las manufacturas, tras de ser incorporados a la gran industria, modificaron todo su régimen de vida y se volvieron completamente otros, la dirección colectiva de la producción por toda la sociedad y el nuevo progreso de dicha producción que resultara de ello necesitarán hombres nuevos y los formarán. La gestión colectiva de la producción no puede correr a cargo de los hombres tales como lo son hoy, hombres que dependen cada cual de una rama determinada de la producción, están aferrados a ella, son explotados por ella, desarrollan nada más que un aspecto de sus aptitudes a cuenta de todos los otros y sólo conocen una rama o parte de alguna rama de toda la producción. La industria de nuestros días está ya cada vez menos en condiciones de emplear tales hombres. La industria que funciona de modo planificado merced al esfuerzo común de toda la sociedad presupone con más motivo hombres con aptitudes desarrolladas universalmente, hombres capaces de orientarse en todo el sistema de la producción. Por consiguiente, desaparecerá del todo la división del trabajo, minada ya en la actualidad por la máquina, la división que hace que uno sea campesino, otro, zapatero, un tercero, obrero fabril, y un cuarto, especulador de la bolsa. La educación dará a los jóvenes la posibilidad de asimilar rápidamente en la práctica todo el sistema de producción y les permitirá pasar sucesivamente de una rama de la producción a otra, según sean las necesidades de la sociedad o sus propias inclinaciones. Por consiguiente, la educación los liberará de ese carácter unilateral que la división actual del trabajo impone a cada individuo. Así, la sociedad organizada sobre bases comunistas dará a sus miembros la posibilidad de emplear en todos los aspectos sus facultades desarrolladas universalmente. Pero, con ello desaparecerán inevitablemente las diversas clases. Por tanto, de una parte, la sociedad organizada sobre bases comunistas es incompatible con la existencia de clases y, de la otra, la propia construcción de esa sociedad brinda los medios para suprimir las diferencias de clase.
De ahí se desprende que ha de desaparecer igualmente la oposición entre la ciudad y el campo. Unos mismos hombres se dedicarán al trabajo agrícola y al industrial, en lugar de dejar que lo hagan dos clases diferentes. Esto es una condición necesaria de la asociación comunista y por razones muy materiales. La dispersión de la población rural dedicada a la agricultura, a la par con la concentración de la población industrial en las grandes ciudades, corresponde sólo a una etapa todavía inferior de desarrollo de la agricultura y la industria y es un obstáculo para el progreso, cosa que se hace ya sentir con mucha fuerza.
La asociación general de todos los miembros de la sociedad al objeto de utilizar colectiva y racionalmente las fuerzas productivas; el fomento de la producción en proporciones suficientes para cubrir las necesidades de todos; la liquidación del estado de cosas en el que las necesidades de unos se satisfacen a costa de otros; la supresión completa de las clases y del antagonismo entre ellas; el desarrollo universal de las facultades de todos los miembros de la sociedad merced a la eliminación de la anterior división del trabajo, mediante la educación industrial, merced al cambio de actividad, a la participación de todos en el usufructo de los bienes creados por todos y, finalmente, mediante la fusión de la ciudad con el campo serán los principales resultados de la supresión de la propiedad privada.
XXI. ¿Qué influencia ejercerá el régimen social comunista en la familia?
Las relaciones entre los sexos tendrán un carácter puramente privado, perteneciente sólo a las personas que toman parte en ellas, sin el menor motivo para la ingerencia de la sociedad. Eso es posible merced a la supresión de la propiedad privada y a la educación de los niños por la sociedad, con lo cual se destruyen las dos bases del matrimonio actual ligadas a la propiedad privada: la dependencia de la mujer respecto del hombre y la dependencia de los hijos respecto de los padres. En ello reside, precisamente, la respuesta a los alaridos altamente moralistas de los burguesotes con motivo de la comunidad de las mujeres, que, según éstos, quieren implantar los comunistas. La comunidad de las mujeres es un fenómeno que pertenece enteramente a la sociedad burguesa y existe hoy plenamente bajo la forma de prostitución. Pero, la prostitución descansa en la propiedad privada y desaparecerá junto con ella. Por consiguiente, la organización comunista, en lugar de implantar la comunidad de las mujeres, la suprimirá.
XXII. ¿Cuál será la actitud de la organización comunista hacia las nacionalidades existentes?
- Queda 2.
XXIII. ¿Cuál será su actitud hacia las religiones existentes?
- Queda.
XXIV. ¿Cuál es la diferencia entre los comunistas y los socialistas?
Los llamados socialistas se dividen en tres categorías.
La primera consta de partidarios de la sociedad feudal y patriarcal, que ha sido destruida y sigue siéndolo a diario por la gran industria, el comercio mundial y la sociedad burguesa creada por ambos. Esta categoría saca de los males de la sociedad moderna la conclusión de que hay que restablecer la sociedad feudal y patriarcal, ya que estaba libre de estos males. Todas sus propuestas persiguen, directa o indirectamente, este objetivo. Los comunistas lucharán siempre enérgicamente contra esa categoría de socialistas reaccionarios, pese a su fingida compasión de la miseria del proletariado y las amargas lágrimas que vierten con tal motivo, puesto que estos socialistas:
1) se proponen un objetivo absolutamente imposible;
2) se esfuerzan por restablecer la dominación de la aristocracia, los maestros de gremio y los propietarios de manufacturas, con su séquito de monarcas absolutos o feudales, funcionarios, soldados y curas, una sociedad que, cierto, estaría libre de los vicios de la sociedad actual, pero, en cambio, acarrearía, cuando menos, otros tantos males y, además, no ofrecería la menor perspectiva de liberación, con ayuda de la organización comunista, de los obreros oprimidos;
3) muestran sus verdaderos sentimientos cada vez que el proletariado se hace revolucionario y comunista: se alían inmediatamente a la burguesía contra los proletarios.
La segunda categoría consta de partidarios de la sociedad actual, a los que los males necesariamente provocados por ésta inspiran temores en cuanto a la existencia de la misma. Ellos quieren, por consiguiente, conservar la sociedad actual, pero suprimir los males ligados a ella. A tal objeto, unos proponen medidas de simple beneficencia; otros, grandiosos planes de reformas que, so pretexto de reorganización de la sociedad, se plantean el mantenimiento de las bases de la sociedad actual y, con ello, la propia sociedad actual. Los comunistas deberán igualmente combatir con energía contra estos socialistas burgueses, puesto que éstos trabajan para los enemigos de los comunistas y defienden la sociedad que los comunistas quieren destruir.
Finalmente, la tercera categoría consta de socialistas democráticos. Al seguir el mismo camino que los comunistas, se proponen llevar a cabo una parte de las medidas señaladas en la pregunta... 3, pero no como medidas de transición al comunismo, sino como un medio suficiente para acabar con la miseria y los males de la sociedad actual. Estos socialistas democráticos son proletarios que no ven todavía con bastante claridad las condiciones de su liberación, o representantes de la pequeña burguesía, es decir, de la clase que, hasta la conquista de la democracia y la aplicación de las medidas socialistas dimanantes de ésta, tiene en muchos aspectos los mismos intereses que los proletarios. Por eso, los comunistas se entenderán con esos socialistas democráticos en los momentos de acción y deben, en general, atenerse en esas ocasiones y en lo posible a una política común con ellos, siempre que estos socialistas no se pongan al servicio de la burguesía dominante y no ataquen a los comunistas. Por supuesto, estas acciones comunes no excluyen la discusión de las divergencias que existen entre ellos y los comunistas.
XXV. ¿Cuál es la actitud de los comunistas hacia los demás partidos políticos de nuestra época?
Esta actitud es distinta en los diferentes países. En Inglaterra, Francia y Bélgica, en las que domina la burguesía, los comunistas todavía tienen intereses comunes con diversos partidos democráticos, con la particularidad de que esta comunidad de intereses es tanto mayor cuanto más los demócratas se acercan a los objetivos de los comunistas en las medidas socialistas que los demócratas defienden ahora en todas partes, es decir, cuanto más clara y explícitamente defienden los intereses del proletariado y cuanto más se apoyan en el proletariado. En Inglaterra, por ejemplo, los cartistas 4, que constan de obreros, se aproximan inconmensurablemente más a los comunistas que los pequeñoburgueses democráticos o los llamados radicales.
En Norteamérica, donde ha sido proclamada la Constitución democrática, los comunistas deberán apoyar al partido que quiere encaminar esta Constitución contra la burguesía y utilizarla en beneficio del proletariado, es decir, al partido de la reforma agraria nacional.
En Suiza, los radicales, aunque constituyen todavía un partido de composición muy heterogénea, son, no obstante, los únicos con los que los comunistas pueden concertar acuerdos, y entre estos radicales los más progresistas son los de Vand y los de Ginebra.
Finalmente, en Alemania está todavía por delante la lucha decisiva entre la burguesía y la monarquía absoluta. Pero, como los comunistas no pueden contar con una lucha decisiva con la burguesía antes de que ésta llegue al poder, les conviene a los comunistas ayudarle a que conquiste lo más pronto posible la dominación, a fin de derrocarla, a su vez, lo más pronto posible. Por tanto, en la lucha de la burguesía liberal contra los gobiernos, los comunistas deben estar siempre del lado de la primera, precaviéndose, no obstante, contra el autoengaño en que incurre la burguesía y sin fiarse en las aseveraciones seductoras de ésta acerca de las benéficas consecuencias que, según ella, traerá al proletariado la victoria de la burguesía. Las únicas ventajas que la victoria de la burguesía brindará a los comunistas serán: 1) diversas concesiones que aliviarán a los comunistas la defensa, la discusión y la propagación de sus principios y, por tanto, aliviarán la cohesión del proletariado en una clase organizada, estrechamente unida y dispuesta a la lucha, y 2) la seguridad de que el día en que caigan los gobiernos absolutistas, llegará la hora de la lucha entre los burgueses y los proletarios. A partir de ese día, la política del partido de los comunistas será aquí la misma que en los países donde domina ya la burguesía.
Escrito en alemán por F. Engels a fines de octubre y en noviembre de 1847. Se publica de acuerdo con el manuscrito. Publicado por vez primera como edición aparte en 1914.
NOTAS

[1] Aquí Engels deja en blanco el manuscrito para redactar luego la respuesta a la pregunta IX.
[2] En el manuscrito, en lugar de respuesta a la pregunta 22, así como a la siguiente, la 23, figura la palabra «queda». Por lo visto, estima que la respuesta debía quedar en la forma que estaba expuesta en uno de los proyectos previos, que no nos han llegado, del programa de la Liga de los Comunistas.
[3] En el manuscrito está en blanco ese lugar; trátase de la pregunta XVIII.
[4] Se les llamó Chartists o cartistas los participantes en el movimiento obrero de Gran Bretaña entre los años 1830s y 1850s que se libró con la reivindicación de la aprobación de una "Carta del Pueblo" que garantize, entre otras cosas, el sufragio universal.